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Jueves, 9 de febrero de 2006
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SOCIEDAD Y CULTURA
MICROCOSMOS
Nenyure
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Quienes conocimos de cerca las cuencas mineras durante la pasada década, larga y demoledora, sabemos poner rostro a la decadencia, nombre y apellidos a las cifras que con escalofriante asiduidad escupen las páginas salmón de los diarios, imágenes y sonidos a la descripción de un panorama que vimos tornar del negro al gris en menos tiempo del que tardaban en cantar su último gorgorito aquellos canarios cuyos pulmones perecían anestesiados por el letal perfume del grisú.

Diez mil y pico parados (más de los que había a finales de los noventa), unos fondos abundantes y relucientes que aún no han dado con la fórmula para hacer realidad el ansiado milagro de la multiplicación de los panes y los peces y una juventud desorientada, marchita, envejecida antes de tiempo, conforman hoy el retrato a vuelapluma de unos territorios antaño codiciados por su riqueza y hoy aquejados de una maldición tan cruel como (me temo) difícilmente reparable.

Jorge Rivero sabe todo esto, y lo ha sabido describir mejor que yo. 'Nenyure' traza, con sólo unos cuantos planos fijos y un texto rotundo, esclarecedor, hiriente, la cartografía sentimental y fidedigna de un paisaje abocado a la ruina y en el que, igual que pasaba en la casa del doctor Sebastián de 'Volverás a Región', no se sabe de otra cosa que de la desesperación. El colegio vacío, las oxidadas vagonetas de la mina abandonada, las aceras silenciosas y desiertas, esas persianas inertes incrustadas como párpados en las enormes moles de ladrillo, las desmadejadas canastas de las canchas de baloncesto, los parques sin juegos ni primaveras, ilustran los desmanes que esa patraña llamada macroeconomía ha venido cometiendo por esos pagos mejor de lo que serían capaces de hacerlo todos los analistas del mundo. No ha podido llevarse el Goya, pero sí el aplauso y la admiración de cuantos nos hemos identificado con esos diez minutos de metraje en los que desfilan, implacables, los fantasmas que durante muchas noches se han agazapado, como en las peores pesadillas, bajo los somieres de nuestras camas. «Ésta es la calle que lleva a 'Nenyure'», dice al principio una voz femenina y angloparlante, «un lugar que ahora es un cementerio».

Jorge sabe que no lo es, no todavía, pero que tal y como van las cosas está en camino de serlo. Y el diagnóstico, eso lo saben todos, es el primer paso para emprender la búsqueda de la solución. Pero encontrarla ya no está en sus manos.



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