Era 11 de mayo. Las primeras luces de la mañana levantaban sombras por las aceras de la calle de La Merced. Allí, como en el resto del mundo, corría el año 1981, aunque entre las paredes del número 45 parecía no moverse el tiempo. En aquel rincón de Gijón lo que transitaban eran deseos. Esa mañana, de ese mes, de aquel año, un joven abría la puerta de su aventura más ambiciosa. Se llamaba, se llama, Amador Fernández y tras aquel giro de llave a la vera del viejo teatro Arango, ponía en pie todos sus sueños. Abría Amador la galería de arte, que con el tiempo se convertiría en seña de identidad, testigo y escenario de toda una generación de creadores asturianos y lo hacía poniendo nombre a aquel nuevo universo de macizo montañoso. Abría aquel día Amador también la librería que iba a sustentar los primeros riesgos de apasionado marchante y los primeros atrevimientos de juventud de los pintores que hoy reciben reverencias en todas partes. Nacía así Cornión, el local, para muchos templo, que ahora cumple bodas de plata.