Cualquier prisión en España puede albergar lo que en el lenguaje común se denomina «un loco de atar», aunque en este caso no lo tengan atado. «Es un chaval de 30 años», o, en otras palabras, un condenado por asesinato al que el juez obligó a su internamiento en un centro psiquiátrico, pero que acabó en una de las decenas de prisiones que hay en España por unos meses.
Tantos como cinco o seis meses, tiempo durante el que «se le dejó hacer una vida más o menos normal, pero controlado por un preso de apoyo».