elcomerciodigital.com
Jueves, 16 de febrero de 2006
 Webmail    Alertas   Envío de titulares     Página de inicio
PORTADA ACTUALIDAD ECONOMÍA DEPORTES OCIO CLASIFICADOS SERVICIOS CENTRO COMERCIAL PORTALES
OCCIDENTE
Occidente
La crónica «del infierno» cangués
El libro 'Los árboles de la muerte' narra, en la vivencia de un argentino, la dramática historia de los inmigrantes ilegales que trabajaron en una empresa forestal de Cangas del Narcea
BAR. Mesón Los Nogales, propiedad de dos de los detenidos anteayer. / AZCÁRATE
Imprimir noticiaImprimirEnviar noticiaEnviar

Publicidad

Decido empezar esto. No sé cuando terminaré (...). Esta especie de temporada en los infiernos comenzó hace quince días». Así comienza el libro 'Los árboles de la muerte', un libro escrito bajo el pseudónimo de Marco Valle por un inmigrante argentino que trabajó en la empresa canguesa Exploraciones Forestales Canto S. L., cuyos propietarios -F. J. C. G. y A. M. F. J.- fueron detenidos anteayer acusados de un delito contra el derecho de los trabajadores. La Guardia Civil también apresó por el mismo motivo al rumano Stica P.

En este libro, publicado hace tres años por la editorial Cambalache, el autor relata los tres meses de duro trabajo en el monte, en los que tuvo que aguantar todo tipo de vejaciones sólo por el hecho de no tener papeles. Este inmigrante argentino omite los nombres reales de las personas con las que convivió durante ese tiempo.

El relato desgarrador comienza el 26 de enero de 2003, cuando Marco Valle llega al municipio de Cangas del Narcea para trabajar como peón forestal. De este empleo le habían informado días antes por una asociación de Asturias que asesoraba a los inmigrantes. Sabía que no iba a tener una buena paga, y era consciente de que iba a trabajar de forma ilegal, «pero tal era mi necesidad que acepté viajar de inmediato».

Cuando llegó a Cangas del Narcea conoció a los dueños de la empresa: Roberto y su pareja Belén -se cree que estos nombres esconden las identidades de F. J. C. G. y A. M. F. J., los detenidos anteayer-, que además de la compañía forestal regentaban el bar Los Avellanos.

En la realidad, son propietarios de un mesón llamado Los Nogales, donde anteayer también fueron detenidas dos mujeres de nacionalidad rumana por trabajar de forma ilegal en España. El local permanecía ayer abierto, pero nadie quiso explicar su versión de lo ocurrido.

Después de la cena, fue conducido hasta la vivienda en la que se hospedaría. En ella residían todos los inmigrantes que, de forma ilegal, trabajaban para esta empresa.

La descripción que hace de ella coincide con las imágenes que se han publicado de la casa conocida como de 'Laico', que fue registrada anteayer por la Guardia Civil tras la detención de los propietarios de la empresa Exploraciones Forestales Canto. «Desde ahora la llamaré frigorífico. Es una casa vieja, húmeda y fría hasta los tuétanos, cruzando el río, frente al centro de la ciudad... (...) Fueron espantosas las primeras noches, hasta que, como siempre, uno se acostumbra».

Sin controles

Precisamente las condiciones en las que se encontraba esta casa y la situación en la que vivían los inmigrantes que la ocupaban fue en numerosas ocasiones denunciada por los vecinos del barrio de El Cascarín, donde está ubicada. Ayer aseguraban que no se habían sorprendido de la detención de F. J. C. G. y A. M. F. J. «Nunca hubo ningún tipo de control aquí, ni por Policía Local ni por la Guardia Civil», afirmaba ayer una vecina.

También en su libro, Marco Valle dedica un capítulo a explicar cómo el hecho de que la empresa para la que trabajaba y sus propietarios «no recibían ninguna inspección ni jamás se nos detuvo por el pueblo, nos transmitían un aire de absoluta impunidad».

Al día siguiente, Marco Valle conoció su trabajo. Durante casi diez horas -desde las siete de la mañana hasta las cinco y media de la tarde-, todos los días, recorría los montes plantando pinos, abriendo zanjas... «Creía estar muerto», relata. Su sueldo era de 16,60 euros al día.

Si ya es duro trabajar en el monte, más lo es cuando nieva. Marco Valle recuerda cuando en la zona de Ibias cayó una nevada, «la primera de mi vida» que convirtió su jornada «en un infierno». «Trabajar con manos y pies mojados durante siete horas es terrible (...). A menudo nos refugiábamos a comer o a devorar como fieras hambrientas» en la camioneta.

Día tras día, hasta tres meses, la historia se repetía. Jornadas maratonianas, insultos de sus jefes, poca comida, retrasos en los pagos... Hasta que llegó el diez de marzo. Ese día, Marco Vallo decidió despertarse de «la pesadilla». Cogió un autobús y se dirigió a Oviedo en busca de un futuro mejor pero, sobre todo, más humano.



Vocento