Nueve y media de una mañana de febrero en El Puntal. Hace menos frío del esperado en tierra firme, aunque el agua de la ría no supera los once grados. Está fría, congelada para algunos. Invita a comer los mejores oricios de la temporada, no a partirla en dos con la proa de una piragua. Pero así es este negocio. Con treinta años y siete títulos mundiales de maratón a sus poderosas espaldas, Manuel Busto sabe de sobra que las medallas no se ganan el día de la carrera, sino en los meses de esfuerzo anteriores. En los madrugones, en la soledad de la carrera continua, en el aburrimiento del gimnasio y en soportar el frío que atiza las manos al palear miles de veces. Claro que, tras media vida dedicada al piragüismo, el maliayo lo acepta como «una rutina».