Cuando parecía que las perspectivas de futuro del oso pardo cantábrico empezaban a ser más optimistas, resurge un peligro que la especie ya conocía. La pasada semana los expertos revelaron que el éxito reproductor en 2005, tanto en la población oriental como occidental, había superado con creces a los números de oseznos registrados en años anteriores. Pero ese resquicio a la esperanza se ensombrece ante una constatación negativa: según el presidente de la Fundación Oso Pardo, Guillermo Palomero, «los venenos están resurgiendo con una fuerza increíble». La amenaza afecta a los ejemplares cuyo hábitat se encuentra en la zona que se extiende por Cantabria, León, Palencia y Asturias, es decir, la llamada población oriental. La amenaza no es nueva, pero en la última década parecía haber remitido.
Recuerda Palomero que en lo que va de siglo han aparecido cinco osos pardos muertos por efecto de los venenos en esa zona. Sin embargo, en la Fundación asumen que el número de casos es bastante más elevado, ya que «llegan noticias de cadáveres que luego no aparecen». El motivo, según el presidente de la organización conservacionista, es que aquellos ganaderos que utilizan las letales sustancias se ocupan de ocultar los cuerpos y así evitar las consecuencias penales que conlleva acabar con la vida de animales en peligro de extinción. La gravedad de cada baja es vital si se tiene en cuenta que en la población oriental sólo quedan entre 25 y 30 ejemplares. Pero, pese a lo escaso de estas cifras, suponen una notable mejora respecto al crítico bache que la población oriental experimentó a principios de los años noventa. En esos años, que Palomero califica como «dramáticos», llegó casi a darse por extinguida la especie en el Oriente. «Resistió gracias a una hembra reproductora joven. Luego, a finales de los años 90, comenzaron a levantar cabeza».
En señuelos
En realidad, la colocación de venenos en el monte no persigue la muerte de los plantígrados, sino, en la mayoría de los casos, de los lobos. La explosión demográfica de este depredador en el Oriente lleva tiempo causando importantes daños en la cabaña ganadera de la zona. Ante los repetidos ataques, algunos ganaderos han recuperado el pernicioso hábito de tratar de acabar con los cánidos utilizando venenos que colocan en señuelos. Pero esos mismos señuelos también atraen a los osos, que corren igual suerte.
Palomero señala que, fundamentalmente, se trata de insecticidas. «En el mercado se pueden encontrar hasta sesenta productos letales para los osos», asegura el presidente de la Fundación.
El peligro de estas técnicas ilegales para reducir la población de depredadores es que se trata de mecanismos indiscriminados y no selectivos que ponen en peligro a cualquier animal que transite por el lugar. «Igual que los lazos», dice Palomero, otra amenaza que no parece remitir ya que «no paramos de quitar artilugios de estos en los montes».
Renovación genética
Este incremento en el uso de venenos es el contrapunto a la esperanzadora noticia que se produjo la pasada semana. Según el Gobierno Cántabro, las osas de la población oriental parieron durante 2005 a seis oseznos, lo que representa un éxito reproductor sin precedentes en los últimos años. Pero, pese a esta feliz novedad, Palomero alerta de que «no debemos echar las campanas al vuelo, porque las amenazas siguen ahí». Junto al resurgir de venenos y lazos, el presidente de la Fundación menciona las infraestructuras que cortan la cordillera y que impiden el intercambio con la población occidental.
Esta última, mucho más numerosa (se calcula que la forman un centenar de ejemplares), es la que aportaría, en caso de intercambio, riqueza genética a la oriental. Porque el mayor problema de la población que pulula por los límites de Asturias, Cantabria, Palencia y León es la endogamia, fruto de su escaso número y de los sucesivos cruces que se producen generación tras generación sin que haya renovación genética.
La población occidental no sólo es más numerosa, sino que también ha tenido un notable éxito reproductor en 2005 (a falta de terminar el recuento de crías, ya se han superado los 23 oseznos de 2004). Pero es que, además, el emergente riesgo de los venenos tampoco castiga a estos animales con la gravedad que lo hace en el Oriente. Según el director de la Fundación Oso de Asturias, Carlos Zapico, en el Occidente, quizás por la menor incidencia de los lobos, no se tiene constancia de que las trampas tóxicas se estén cobrando víctimas entre la población osera.
Ante esta situación, y si la tendencia a la recuperación continúa, Guillermo Palomero ya habla de la conveniencia de enviar a «una o dos hembras jóvenes» de la población occidental a la oriental con el fin de aportar sangre nueva.