EL acuerdo sobre el 'Estatut', alcanzado por Zapatero y Rubalcaba con los partidos catalanistas, ha dejado al PSOE y al PP empatados en las encuestas. Estando así las cosas, inicia el Gobierno los preparativos de una operación de mucho mayor calado: la negociación con ETA. La banda terrorista ha marcado el curso político español desde los tiempos del proceso de Burgos (diciembre de 1970); todos los presidentes de Gobierno de la democracia han intentado la negociación con la banda, y a la postre todos han sido víctimas de ella: Adolfo Suárez por la desestabilización a la que le sometieron los atentados; Felipe González por los avatares del GAL; y Aznar por su ofuscación tras el 11-M, al lanzar a los cuatro vientos la pista etarra cuando ya había indicios de la huella del fundamentalismo islamista. Le toca el turno a Zapatero, aunque ETA sigue sin declarar una simple tregua y pide que sean los partidos vascos los que muevan pieza.
En lo único que coinciden PSOE y PP con respecto a ETA es en afirmar que la banda está muy debilitada. El PP cree que llegó el momento de desarticular a los últimos comandos del terror, mientras que Zapatero interpreta que la debilidad es la gran baza para poner punto final a la violencia por la vía del diálogo. Los socialistas concibieron grandes esperanzas desde la detención del máximo jefe de la banda, Mikel Antza, ocurrida el 3 de octubre de 2004. Lo más esperanzador para el Gobierno fue comprobar que Antza, en su bucólica residencia francesa, también tenía diseñada una 'hoja de ruta' para poner fin al conflicto. Como telón de fondo, condicionando toda la actuación de la banda, está la irrupción del terrorismo islamista en Occidente. Desde el 11-M, la técnica de la mochila-bomba supone quedar identificado con las barbas de Bin Laden.
Irlanda no sirve
Los nacionalistas vascos, moderados y radicales, legales e ilegales, tienen un modelo de negociación, que consiste en repetir en España la liturgia del Acuerdo de Viernes Santo con la que se pusieron las bases para alcanzar la paz en Irlanda de Norte. Esta machacona insistencia en la vía irlandesa ha llevado a que otros partidos proclives a la negociación, como es el caso del PSOE, trabajen con el manual irlandés, sin preguntarse por qué a los nacionalistas les seduce tanto el Acuerdo de Viernes Santo.
Sólo hay una razón: facilitó la rápida excarcelación de todos los presos, aunque otras metas políticas no se hayan cumplido. Ahora bien, la clave de esa excarcelación residió en que había dos bandos con las manos manchadas de sangre y se trataba de buscar una reconciliación por la vía de suspender las condenas. En dos años, la verificación del acuerdo de Viernes Santo puso en la calle a 194 militantes republicanos y otros 194 unionistas. Entre todos ellos había 166 condenados a cadena perpetua. Sin embargo, en nuestro caso no hay dos bandos manchados de sangre, sólo hay uno compuesto por los etarras que asesinaron a 838 personas e hirieron a 1.410, como consta en auto del juez Garzón del 25 de enero de 2005. Ni siquiera los reclusos relacionados con la guerra sucia (algunos muy notables) se verán beneficiados con el proceso en ciernes. Aquí no hay posible equidistancia entre bandas terroristas ni dinámica de compensaciones: todos los pasos se darán en una dirección.
La otra gran diferencia estriba en que el acuerdo entre los gobiernos británico e irlandés contó con el respaldo de nueve de los diez principales partidos de Irlanda del Norte, mientras que en el caso de ETA, PSOE y PP discrepan radicalmente y sus disensiones reflejan un empate en las encuestas. En conclusión: ni liberar de las rejas a los presos será tan sencillo como en Irlanda ni el proceso de negociación podrá ser llevado sin interferencias políticas. Desarmar a los terroristas conllevará costes.
La trampa de las mesas
El otro asunto de interés del proceso en ciernes es el cuestionamiento de la legitimidad de las instituciones democráticas. Los gobiernos español y vasco están de acuerdo en organizar un sistema de diálogo sobre dos mesas, en una estarían el Gobierno y ETA, hablando de armas, municiones y presos, y en la otra se sentarían todos los partidos vascos delimitando el nuevo marco jurídico-político de esa comunidad. Digamos de entrada que esa disposición de mesas le agrada enormemente a los nacionalistas porque reproduce la famosa frase de Arzallus, 'Unos mueven el árbol y los otros recogen las nueces'. Dicho de otra manera: las dos mesas están comunicadas, de forma que la desarticulación de la banda tendrá que venir acompañada de algunas salvaguardas políticas, que ahora ya se adelantan en las menciones al 'ámbito de decisión vasco'.
Si todas las reformas institucionales y políticas que fuera a asumir Zapatero en el País Vasco tuvieran semejanza con las que propicia el 'Estatut' en Cataluña, no se montaría una mesa de partidos, porque para ese viaje bastaba la Cámara de Vitoria. Pero es que ahí reside uno de los aspectos más delicados, que la manera de concebir las reformas se realiza fuera de las instituciones, lo que pone en solfa la legalidad levantada a partir del Estatuto de Gernika (Octubre de 1979). No es una cuestión de formas sino de contenidos. El PNV siempre mantuvo un discurso de sutil cuestionamiento institucional, visible en la consigna: «¿Votaste la Constitución americana? No, pues esta tampoco», con la que llenó las calles del País Vasco en la campaña del referéndum constitucional. O con la creación de 'Udalbiltza', para contar con una asamblea representativa paralela a la Cámara de Vitoria. La táctica de la mesa de partidos convierte en provisional todo el entramado institucional democrático del País Vasco.
¿Qué va a pasar? Como el conocimiento del futuro nos está vedado, conformémonos con identificar los elementos del presente, que no se agotan en la debilidad y las dudas de ETA, el buen ánimo de Zapatero, la oposición de Rajoy, la trampa de las mesas, o el cuaderno de instrucciones irlandés.
Hay otro elemento que no estuvo presente en anteriores procesos de negociación: las víctimas de ETA. Maite Pagazaurtundua y sus seguidores pueden jugar un papel similar al de las abuelas de la Plaza de Mayo si el acuerdo transgrede los límites de la dignidad.