Un charco enorme saluda cuando llueve a quien intenta entrar a San Miguel de Lillo. Ayer llovió y también cayó granizo. Era el día perfecto para observar 'in situ' la eficacia de la zanja de drenaje creada para proteger de la humedad el monumento prerrománico. Pero los primeros datos obtenidos tras medio año de estudio revelan que «la sospecha de que tomaba agua por capilaridad (fenómeno por el cual la superficie de un líquido en contacto con un sólido se eleva o deprime según aquél moje o no a éste) parece descartable», según explicó el arquitecto encargado de la obra, Fernando Nanclares.