Todos los expertos coinciden. Las sanciones económicas repercutirán pronto en una mayor inestabilidad en la región y en el sufrimiento de la población civil de Cisjordania y Gaza. Los palestinos reciben anualmente algo más de 800 millones de euros en ayuda extranjera, de los que la mayor parte van a parar a la ANP. El resto se canaliza a través de un sinfín de organizaciones humanitarias no gubernamentales y de la agencia de la ONU para los refugiados Unrwa
La Unrwa reparte directamente entre las familias que viven en los campos de refugiados en forma de alimentos, lo que permite que subsistan decenas de millares de personas que de otra manera no tendrían qué comer.
El elevado desempleo y las consecuencias de la ocupación hebrea, que ni siquiera permite a los palestinos comprar los productos básicos en Jordania o Egipto a precios más asequibles que los que les impone Israel, hacen que el nivel de vida real no esté al alcance de la mayoría de la población.
Harina, aceite, patatas y azúcar son los alimentos que más reparte la Unrwa a los afortunados que obtienen la cartilla de racionamiento, aunque hay muchas familias que no tienen acceso a estas ayudas debido a que no hay dinero para todos.
Esta situación la ha aprovechado Hamás para crear una tupida red, especialmente en la franja de Gaza, que se encarga de distribuir todo tipo de bienes y alimentos entre las clases más desfavorecidas, algo que ha permitido a los fundamentalistas obtener un importante rédito político en las últimas elecciones.
A los radicales les llegan los fondos de algunos países árabes y también de Occidente. En Estados Unidos hay numerosas organizaciones caritativas que envían dinero regularmente, aunque el grifo se cierra poco a poco. Washington fiscaliza estas transferencias al haber incluido a Hamás en la lista de organizaciones terroristas y la actitud de Israel y de las poderosas organizaciones judías de Estados Unidos, cada vez más agresivas, contribuye a que las transferencias se hayan reducido drásticamente en los últimos meses.