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Jueves, 23 de febrero de 2006
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GIJÓN
Deslumbrados por el azar
200 personas contemplaron en la calle el estreno del casino; los que entraron jugaron poco: querían conocer la sala
BLACK JACK. Rúa (de espaldas), Ordiz, Pérez y Miranda conversan junto a la mesa de cartas. / CITOULA
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El estreno del casino logró un repóquer de expectación. A las siete de la tarde, unas doscientas personas llenaban ya la calle de Fernández Vallín para ver en primera persona la inauguración de la sala de juegos. Y eso que no abría al público hasta las diez. Como si de una pasarela se tratase, todas las miradas se concentraban hacia las puertas del antiguo cine Hernán Cortés, sobre las que brillaban luces de neón con la leyenda Casino de Asturias. En la acera de enfrente, un transeúnte pedía «centavos a fondo perdido» y, frente a Correos, los trabajadores de la Ciudad de Vacaciones de Perlora protestaban, una vez más, contra la privatización del complejo.

Poco después de las diez de la noche, el casino abría sus puertas para un público que estaba ansioso por ver las flamantes instalaciones por dentro, porque jugadores profesionales había más bien pocos, la mayoría, de ojos rasgados. Los ciudadanos orientales enseguida tomaron posiciones en las largas colas para acreditarse -se exige entregar el DNI o el pasaporte para entrar- y, una vez dentro, casi monopolizaron las mesas de 'black jack'. Los menos habituados al juego, o sea, la mayoría, prefirieron jugársela a algo más sencillo, como la ruleta. Y aunque en la 'tele' y el cine todo parece más sencillo, las trabajadoras se desvivían para explicar el mecanismo del juego. Repartieron hasta folletos.

Confusiones en el estreno

Hubo muchos que se quedaron sin ver esas ruletas que tanto ansiaban conocer. José Ramón Vázquez y Ana Fernández, un matrimonio de jubilados, se llevaron una gran decepción al no poder acceder a la sala. Se habían dejado el carné en casa. «Está guapísimo. Es el primer casino que conozco y casi me desmayo al ver una portada tan lujosa», decía José Ramón en el hall de entrada. A pocos metros, otra señora mayor sin documentar le preguntaba a una portera «¿Esto durará más días, no?». Hubo hasta quien intentó entrar con la tarjeta ciudadana del Ayuntamiento. Confusiones en el estreno.

En el casino también hubo cola de nostalgia. Para algunos, lo más importante no era jugarse los cuartos a la ruleta, sino volver a revivir las noches de fiesta del Acapulco, reabierta por la empresa de José Antonio Díaz Carbajosa como sala de fiestas. Todavía conserva ese aire de 'boite', con sillones e iluminación tenue, tan propia de los 60. «Aquí conocí a mi marido, que en paz descanse», señalaba una mujer antes de entrar a la discoteca.

Ángeles Montes, Pilar Medina y Miguel Sánchez también rememoraron viejos tiempos en el Acapulco. «Aquello tenía nivel, vinieron a cantar Raphael, Miguel Ríos... Hace ya treinta y pico años», suspiraba Pilar Medina. Ni ella ni su amiga Ángeles tenían mucha idea de juego. De hecho, Ángeles acudía para ver los cuadros de su hijo, José Jorge Nava Montes, uno de los jóvenes artistas que expone en el casino. Pero, de paso, ella y Pilar pensaban jugar «unas perras», asesoradas por Miguel. «Venimos a probar, pero con prudencia, tampoco es plan de quedarse sin prenda», apostillaban los tres.

Dominio de las pieles

La media de edad del público presente ayer era alta. La mayoría de los que inauguraron el casino superaban con amplitud los cincuenta, con predominancia femenina. Se vieron muchos chaquetones de pieles. Juan Alonso, de 24 años, y Manuel Vega, de 25, llamaban la atención a leguas. «Venimos por conocerlo, porque lo leímos en el periódico», apuntaba Manuel. Traía en la cartera 60 euros, para probar suerte. O, por lo menos, para pasar la noche. Con esos sesenta euros podía apostar otras tantas veces en la ruleta francesa, donde la apuesta mínima está fijada en un solo euro.

Alfredo García, un madrileño de 34 años, llegó al casino con ganas de arrasar y con 500 euros en el bolsillo. Y, por si no fuera suficiente, enseñó «una riestra» de tarjetas de crédito. «Ya me conozco el Casino de Madrid y Las Vegas. Allí me casó un tipo vestido de Elvis, aquello es como el Bernidorm del juego», aseguraba. Enseguida buscó su hueco en la mesa de cartas, aunque se desconoce si la fortuna premió sus ganas.



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