EN vísperas de la manifestación convocada en Madrid por la Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT), en contra de la negociación del Gobierno con ETA, el Ejecutivo reitera que no va a cambiar de política, sea cual sea el respaldo a la movilización popular. Para subrayar la firmeza de su actitud, los portavoces del Gobierno aseguran que el presidente no recibirá Rajoy para hablar del terrorismo a no ser que ETA declare una tregua.
No creo que esos mensajes desanimen a los ciudadanos a participar en la marcha de protesta, porque bajo la apariencia de un gesto de suficiencia esconden que el Gobierno está preocupado con la respuesta que tenga la convocatoria. Cualquier día del año es bueno para mostrar en la calle la solidaridad con las víctimas del terror, pero en este caso la fecha es particularmente acertada, ya que la Cámara vasca aprobó una resolución que propugna una paz sin vencedores ni vencidos y los portavoces del mundo abertzale aseguran que en el año 2010 no quedará ni un etarra en la cárcel.
Zapatero tiene todo el derecho y, si se me apura, hasta la obligación, de tantear la negociación con ETA si cree que hay posibilidades de acabar con el terrorismo. Todos los presidentes lo han intentado, aunque ninguno lo ha logrado. La cuestión está en saber por qué razón ni Aznar ni Felipe González ni Adolfo Suárez fueron recriminados por negociar con ETA, mientras que a Zapatero se le critica por ello. La oposición frontal del PP hacia toda la política del Gobierno tiene un apartado particular en el campo de la lucha antiterrorista, pero es un error creer que el PP tiene tanta fuerza como para provocar un rechazo social a la negociación con ETA. La verdadera razón estriba en los guiños que hace el Gobierno para abrir el proceso. Ni en Argel ni en Zúrich se lanzó el mensaje del fin del terror ni se propició una mesa simultánea de partidos ni se habló de un final basado en una gran generosidad ni nada por el estilo. El Gobierno ha prodigado todo tipo de gestos, mientras que la banda terrorista no ha movido un dedo. El ciudadano medio teme que el fin de la violencia venga acompañado de un cúmulo de concesiones, que lleven a igualar a los presos de ETA con las víctimas, porque unos y otros lo pasaron mal estos años. Por ahí, no.