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Sábado, 25 de febrero de 2006
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SOCIEDAD Y CULTURA
Sociedad
El salón se llena de baile
La televisión y las modas musicales disparan el número de aficionados a la danza. Las academias son testigos de que cualquiera puede aprender e, incluso, encontrar a su pareja ideal
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En el centro de la pista, una pareja se abraza. Ella lo mira a los ojos, apoya la mano en su hombro y se deja llevar mientras él la coge por la cintura y comienza a moverse al compás de una melodía. Al cabo de un minuto, ya son dueños del salón. Todas las miradas se enredan en sus pasos. Como un imán o un sortilegio, maravillan a los presentes porque nadie, ni siquiera el más tímido o aquél que se siente un poco torpe, permanece indiferente a su coreografía.

Es lo que Fred Astaire denominaba «la magia de la danza». Porque algo tiene la música y, en particular, moverse a su ritmo, que a todo el mundo cautiva. Considerada como una manifestación cultural, pero también como una actividad «lúdica, terapéutica y revitalizante» -dicen los psicólogos-, es una forma de expresión que está presente en todos los países, en todas las clases sociales y, además, en todas las etapas de la vida: el baile es uno de los pocos gustos que comparten adolescentes, adultos y ancianos.

«Algunos tardarán menos que otros en aprender en función de sus aptitudes, pero si eres dócil y pones empeño, al final consigues bailar», apostilla la profesora Francis Sanahuja. Ella lo sabe bien. Profesora y bailarina profesional, ha visto auténticas transformaciones en la pista; de no saber dar un paso a llevar el compás. Y más en el último lustro, en el que la pasión por el tango o el fox se ha desatado.

En España es posible matricularse ahora mismo en más de una docena de estilos profesionales, desde flamenco hasta danza contemporánea, sin contar tendencias tan específicas como los bailes noruegos o remotos ritmos orientales. Sólo en música latina, la última gran moda, el número de centros reconocidos supera los 140 y, según las ventas de discos, sus seguidores se cuentan por miles.

¿La razón? La televisión. Como casi siempre. Desde que en 1977 se estrenara 'Fiebre del sábado noche', la cadena de filmes relacionados con el baile no se ha roto jamás. 'Grease', 'Flashdance' y 'Dirty dancing' son grandes eslabones ochenteros que precedieron a 'Baila conmigo', 'Dirty dancing 2' y '¿Bailamos?'; películas mucho más recientes que, sin embargo, mantienen viva la vieja fórmula: romance, música y danza.

La combinación de estos ingredientes también funciona de maravillas en la pantalla pequeña, y España no es la excepción a la regla. El lunes de la pasada semana, la final del programa 'Mira quién baila' mantuvo enganchados a TVE a casi cinco millones de espectadores. Esa noche, el 28% de la audiencia se dedicó a seguir con atención los pasos de un puñado de concursantes.

De la sala al salón

¿Casualidad? No. Interés. Y, por supuesto, ganas de aprender a hacerlo igual de bien. Al presenciar un espectáculo así, la audiencia suele dividirse en dos frentes: quienes se imaginan a sí mismos danzando y aquéllos que no pueden evitar seguir el ritmo desde el sofá. Pero también hay algunos que se atreven a dar un paso hacia las academias. «Se nota muchísimo, porque se suponía que el baile de salón era para los abuelos, pero ahora viene gente de todas las edades», explica Belén Novo González, que a sus 34 años y con academia en Oviedo lleva desde los 17 dando clases. Y sabe bien cómo han cambiado las cosas y cuál es el influjo de las 625 líneas: «En las escuelas estamos encantados», dice y a continuación relata cómo se ha notado un cambio de actitud en sus alumnos. «Ahora todo el mundo sabe, opina, y los chicos se han animado mucho», dice la profesora ovetense, quien explica que la reticencia masculina siempre ha estado presente. Pero no así en el caso de las mujeres, siempre dispuestas a echar un baile. La tendencia la ratifica, aunque con menos entusiasmo, Estrella García, pionera de los bailes de salón en Asturias. Con academia en Gijón y con experiencia en el ramo desde 1987, dice que el baile siempre ha tenido público, aunque sí reconoce un rejuvenecimiento en los últimos tiempos y también un mayor interés. Lo que no acierta a asegurar con contundencia es que la televisión tenga la culpa.

La danza tiene, sin duda, un aspecto social que la hace especialmente atractiva. En el fondo es una forma de hacer deporte, de mover el cuerpo, de entretener el tiempo. «Es deporte, es vida social, es superación», dice Belén Novo. Lo de la vida social no es baladí. Incluso hay quienes piensan que muchos treintañeros se animan a aprender a bailar con el objetivo de añadir un plus a los encantos que despliegan en su ritual de cortejo por los bares de copas durante el fin de semana. Muchos alumnos incluso reconocen que ponen un suplemento a la conversación del estudias o trabajas con buenos movimientos de cadera, porque además, «dicen que si no ligan por lo menos se divierten», reconoce una profesora. Así las cosas, no se trata de buscar pareja en la academia -que también puede pasar-, sino valerse de las enseñanzas fuera de ella.

Hacer amigos

Lo que sí se encuentran son amigos. «Es una actividad agradable de hacer, es divertido, te permite estar en contacto con otras personas», detalla Estrella García. Y añade que simplemente aprender los códigos para llevar a la pareja, para moverse juntos, hace que muchas personas venzan la timidez y rompan con trabas personales. «Siempre notas una evolución», dice, y añade que mucha gente sola encuentra en las clases un grupo de amigos con el que compartir unas horas de entretenimiento.

Además, bailar tiene algo de adictivo. «Yo creo que sí que se engancha, tengo un par de alumnos de 21 años que vinieron a probar y ahora están superemocionados», explica Belén Novo Rodríguez. También lo dice Estrella García, quien subraya que se busca enseñar de forma amena, tocando siempre todos los estilos. Si bien son necesarios siete años para dominar los bailes, García explica que desde el principio se aprenden los pasos básicos de bailes clásicos como el vals o el paodoble; los latinos, como la cumbia, el mambo, la samba o el bolero, y los norteamericanos, como el rock and roll, el fox trox y el swing. Todos se abordan de forma simultánea, y a medida que los alumnos se van soltando, se van añadiendo pasos. «Con tres años ya se baila bastante bien», afirma Estrella García, quien explica que en sus clases se va cambiando continuamente de pareja. No vale bailar siempre con el mismo, porque «cuando sabes bailar con todo el mundo es que sabes bailar».

¿Y para qué tanto esfuerzo? Simplemente por diversión, por puro placer, porque en Asturias pocas son las personas que llegan a competir en los concurso de baile de salón que afloran por la geografía española. Bailar siempre ha sido una forma de diversión, lo diga la tele o no. Y por eso engancha a gentes de todas las edades, desde los 18 hasta los sesenta años. Eso sí, los treintañeros son los campeones.



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