La galería gijonesa Van Dyck ha hecho una fuerte apuesta pictórica para cerrar el frío invierno, con la cálida obra reciente de Luis Feito, con una serie de piezas realizadas en los seis últimos años. La muestra presenta trabajos dominados por ese fuerte color rojo que ha caracterizado su quehacer en la última década, entre contrastes lineales, sutiles geometrías y trazos gestuales.
Feito, como el lector sabrá, tiene a sus espaldas una larga trayectoria artística. Profesor en la Academia de San Fernando de Madrid, fue propulsor y miembro muy activo del grupo El Paso, junto a otros autores entre los que también estaba el gijonés Antonio Suárez.
Viajero incansable y creador experimental, Feito ha vivido fuera de España y ha expuesto en numerosos lugares, como Nueva York o Tokio. En su pintura siempre se ha visto una solidez casi clásica, dentro de los cánones informalistas. Así, en el contexto inicial de El Paso (fundado en 1957), el pintor apostaba por tratamientos de texturas y guiños muy matéricos, de gamas terrosas y oscuras. Materia siempre espesa y casi siempre supeditada al color, de irregulares manchas y efectivos contrastes.
En su trayectoria siempre ha habido un interés por la expresividad, sin miramientos temáticos o formales. Como escribía hace cuatro años Juan Manuel Bonet, con motivo de la retrospectiva organizada en el Museo Nacional-Centro de Arte Reina Sofía, «inició su andadura en clave figurativa, postcubista y enseguida en clave abstracta supo conciliar de inmediato orden y expresividad. Sus purísimas abstracciones brillan con luz propia y su camino con capacidad de renovación permite apreciar los desarrollos sucesivos, el gran momento que atraviesa su pintura, su rigor, su capacidad y libertad».
Feito ha tratado siempre de establecer austeros equilibrios entre las convulsiones magmáticas de las manchas de color y los elementos dibujísticos, densidades transparentes que, en Gijón, se inundan de negros y rojos. En este sentido, la exposición que nos ocupa traduce sus intereses últimos, tras aquella vital 'etapa neoyorquina' que le valió numerosos elogios. Hay ahora un desorden controlado, como aquel que señalaba hace mucho tiempo Carlos Areán, cuando hablaba de «rojos y negros, inmensos trazos gestuales de tenue materia y abierta amplitud. Ríos anchos de sangre o asfalto traspasan ahora la totalidad del campo cromático y crean, en sus escasos encuentros, un espacio abierto hacia el infinito, fluido misterioso y necesitado de salvación». Sin duda, la fidelidad a sus constantes define parte de la fuerza de este veterano pero ilusionado Feito actual.
Obras recientes
Decía recientemente Javier Rubio, con motivo de otra exposición de Feito, que sus rojos se gestan como un «paisaje sideral en blancos y negros, desde un gris que se va volviendo cálido y en cuyo seno se esconden pardos destellos, se afianza hasta convertirse en eje de la composición y, de alguna manera, en el motivo último del cuadro...». Esas premisas quedan patentes en la exposición de Van Dyck, donde algunas piezas destacan sobre el resto, sobre todo, cuando los fondos blancos ganan protagonismo, como abiertos campos de 'no-color' que reciben al perenne rojo.
En la exposición priman, en fin, los colores vivos, independizándose para buscar un espacio singular, entre ensayos y búsquedas que hacen pensar, sobre todo, en una saludable actitud ética, lejos de autoplagios y otros desmanes habituales en otros grandes maestros que protagonizaron con él la segunda mitad del siglo XX en nuestro país.