De mis primeros viajes a Bruselas, a principios de los ochenta, conservo cierto recuerdo ingrato. Un día, y dada la curiosidad que muestran los jóvenes, recién abandonada la adolescencia, por ciertos aspectos de la vida --más todavía por uno como éste-, di en traspasar la entrada oscura de un cine de sesión erótica. Y fue el caso que no sólo se prodigaban en la pantalla aquellas escenas de calor subido -tan fáciles, por cierto, de obtener hoy por Internet-, sino que, al intermedio, una mujer vestida con traje de noche hacía un strip-tease en directo, quedándose ante nosotros en pelota picada.