DOS iniciativas cargadas de significado en la legislación específica para la mujer -el nuevo Observatorio de la Violencia y el anteproyecto de la Ley de Igualdad- coinciden hoy con la celebración del Día Internacional de las Mujeres. Aunque la jornada se mantenga en algunos casos en su literal sentido reivindicativo no se puede ignorar que en el proceso de emancipación femenina durante los últimos 20 años ha habido un avance muy considerable, para legítimo orgullo de las pioneras en aquel empeño y de una sociedad capaz de desprenderse de patrones machistas.
La equiparación de sexos es un proceso cultural que se aprecia, o se sufre, especialmente en el trabajo. Son incontestables los datos de mayoría masculina en cuanto a empleo, contratos indefinidos o número de asalariados en el sector privado; superados por el otro sexo sólo en cifras de paro, pese a la creciente incorporación de la mujer al mercado laboral. Esa es con toda seguridad una de las causas del retraso en la edad media femenina para llegar al matrimonio, que en 1985 se situaba en torno a los 25 años y ahora se retrasa hasta los 30. Junto a eso, hay que tener en cuenta que buena parte de esas mujeres abandonan el trabajo cuando adquieren responsabilidad familiar, fundamentalmente tras alumbrar el primer hijo.
En este proceso de equiparación permanecen otras desigualdades, como las de renta salarial, que no obedecen a una discriminación en su literalidad. En términos generales, las mujeres obtienen menos ingresos que los hombres, una diferencia del 44% en asalariados y del 66% en trabajadores por cuenta propia. Este cálculo es indiscutible, pero no significa estrictamente que esa fractura se mantenga en igualdad de categoría y trabajo. En otros ámbitos, como la capacitación o el poder de decisión, también ha sido notoria la incorporación de las mujeres, mayoría ya entre los estudiantes de Bachillerato, Universidad y doctorados. También es visible su presencia en instituciones políticas, con más de un tercio de los cargos elegidos. Pero es todavía muy importante lo que queda por hacer en todo lo relativo a cambio de hábitos culturales o apoyos a la conciliación de la vida familiar y laboral, para la mujer y para el hombre. Hacia esa meta, de efectos revolucionarios comparados con la sociedad de hace sólo 50 años, hay que dirigirse en un proceso de evolución gradual y, sobre todo, de firme compromiso colectivo.