LA preocupación por el fenómeno del desempleo en Asturias, como dato destacado de la última encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), ha sido retomada por los órganos de dirección del Partido Socialista, al expresar «el desasosiego unánime» que generan los resultados de la encuesta en el partido mayoritario de nuestra región. Según la Federación Socialista Asturiana (FSA), la sensibilidad que manifiesta hacia el paro la opinión pública tiene que ver con la sensación de crisis industrial permanente, lo que debe ser corregido con una actuación firme del Principado en ese campo hasta lograr que el corazón industrial de la región sea el garante del futuro de Asturias. Dentro del sector industrial, el impulso que va a suponer la nueva planta regasificadora y las inversiones de once ciclos combinados, anunciadas por seis grupos empresariales, constituyen la baza más importante para que la industria asturiana adquiera más pujanza. Javier Fernández, secretario general de la FSA, animó al Gobierno regional a priorizar proyectos y jerarquizar objetivos para lograr tal fin.
La política industrial ha ocupado el centro del debate político en Asturias desde el inicio de la etapa autonómica. El declive del carbón, la crisis siderúrgica, la del sector naval y la de los bienes de equipo, acontecidas todas tras el cambio de los precios relativos en las materias primas en la década de los años setenta del siglo pasado, originó una preocupación social que desembocó en la consigna de la reindustrialización, reivindicada por los agentes sociales y asumida por todo el arco político. La idea de ubicar en Asturias grandes proyectos industriales que sirvieran de relevo a las empresas en crisis fue buscada con tanto ahínco como escasez de resultados.
En la actualidad, la preocupación por la industria se mantiene, pero las premisas de la reflexión han cambiado. En Asturias, el antiguo sector industrial público casi ha desaparecido, con la notable excepción de Hunosa y del astillero Izar Gijón. Por tanto, el protagonismo de la Administración ha remitido, ya que no le toca gestionar ni financiar las producciones de mercancías. En paralelo a este cambio también se ha producido una variación cuantitativa, al disminuir la aportación de la industria al PIB asturiano, como ocurre en todas regiones y países del mundo avanzado.
La actividad económica asturiana, como la española, ha crecido por la vía del sector servicios, pero este fenómeno general ha sido recibido con resistencias en nuestra comunidad autónoma. El resurgir histórico de Asturias, ligado a la explotación del carbón, y el ciclo de prosperidad, que va desde el periodo de entreguerras hasta el Plan de Estabilización, está íntimamente relacionado con el auge de nuestras materias primas y el desarrollo de la industria pesada. Puede decirse que el paso de una sociedad industrial a una de servicios ha generado problemas de identidad en Asturias, porque la personalidad de nuestra región en el conjunto nacional estaba enraizada en la gran industria, y ésta había jugado un papel muy amplio, hasta el punto de ser la responsable de los grandes cambios urbanísticos de la zona central asturiana. La mina y la siderurgia hicieron de Asturias algo más que una simple región uniprovincial de un millón de habitantes. En el marco de las relaciones laborales, apareció una mano de obra estable, con sueldos comparativamente altos e importante nivel de consumo, lo que no tuvo traslación en el desarrollo del sector servicios.
La oposición entre la industria y el sector servicios es muy artificiosa, porque la industria moderna demanda la implantación de servicios de asesoramiento, mantenimiento e investigación, así como los grandes centros de servicios, como los hospitales, demandan input industriales. Se trata de actividades complementarias en un territorio con procesos productivos de alto valor añadido; el problema es que la tradición económica asturiana estuvo más volcada en simples movimientos de materias primas y tratamientos industriales de baja elaboración, lo que implicaba un bajo desarrollo de los servicios. Igualmente, el paso a una economía terciaria se hizo en Asturias de la mano de ramas de actividad poco capitalizadas y con mano de obra de baja cualificación.
En este contexto se entiende la especial preocupación de los ciudadanos por el horizonte industrial, un objetivo que resulta sensato plantearse a través del desarrollo de la renovación de las plantas de gas generadoras de electricidad, ya que responde a una histórica vocación asturiana y tiene una demanda sostenida en el mercado español. Ahora bien, el relanzamiento de los ciclos combinados, que los órganos de dirección del Partido Socialista cifran en 400 puestos de trabajo directos y otros 2.000 empleos en actividades externalizadas, no tendrían continuación en otros sectores sin la llegada de medidas de distinta naturaleza, como el incremento de la oferta de suelo industrial, la implantación de segundos ciclos en la Universidad de Oviedo relacionadas con las actividades productivas asturianas, el acabado de las infraestructuras de transporte pendientes, o la flexibilización de la normativa laboral. El Principado tiene que centrarse en esta tarea, lo que exige lanzar unos mensajes claros a la sociedad y saber distinguir entre objetivos importantes y secundarios. Hay que proceder a una definición de espacios, sin tratar de reproducir a pequeña escala en cada municipio la compleja red de conocimientos, equipamientos e inversiones que son necesarias para la región. Tras el ciclo de la obra pública, debe llegar el de las realidades productivas, lo que exige una labor mucho más compleja de coordinación de iniciativas.