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Domingo, 12 de marzo de 2006
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SOCIEDAD Y CULTURA
Sociedad
Avilés, en el espejo del mundo
Los equipamientos culturales son las catedrales del siglo XXI. Sus formas caprichosas los han convertido en las señas de identidad de ciudades de todo el planeta
I. M. PEI. Pirámide del Louvre, París, construida en 1987 para unir las tres alas del museo, se ha convertido en símbolo de la ciudad.
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Son las catedrales del siglo XXI. Iconos de la modernidad, seña de identidad de la ciudades que los acogen, elemento clave de atracción turística... Los templos de la arquitectura antaño consagrados a un dios son ahora equipamientos bendecidos por la cultura: museos, auditorios, galerías de arte, escuelas, universidades... Algo parecido será el edificio que el arquitecto brasileño Oscar Niemeyer ha diseñado para la ría de Avilés, un proyecto con muchos espejos en los que mirarse a lo largo y ancho del mundo. Al fin y al cabo acogerá un museo y un auditorio, dos de las construcciones estrellas de la arquitectura del siglo pasado y el presente.

Porque, aunque desde finales del XX el fenómeno de la arquitectura ha ganado enteros como revulsivo de las ciudades, aunque fue entonces cuando los arquitectos comenzaron a convertirse casi en auténticas estrellas mediáticas, ya antes se edificaron templos culturales con aspectos imposibles que dejaron boquiabiertos al público de la época. Y es que mucho antes de que Frank Gerhy diseñara para Bilbao el Guggenheim que habría de cambiar la cara de la ciudad del Nervión, ya otros edificios habían dejado huella. Sin ir más lejos, se había levantado en Nueva York una obra de arte que habría de albergar otras muchas en su interior, y precisamente bajo el auspicio del mismo apellido de benefactor millonario que nombra el museo vizcaíno. En la lista de museos con firma, el que Frank Lloyd Wright, uno de los máximos exponentes de la arquitectura norteamericana, terminó el mismo año de su muerte en la Quinta Avenida de Manhattan merece mención a parte. El blanco y helicoidal volumen es historia de la arquitectura y puede que a algunos sorprenda saber que fue en 1959 cuando abrió sus puertas.

Ese caprichoso aspecto sin hueco para la línea recta es sólo uno de los muchos que inundarían después ciudades americanas, europeas y asiáticas con firmas de prestigio como las de Arato Isozaki (Domus de La Coruña), Álvaro Siza (Centro Gallego de Arte Contemporáneo, en Santiago de Compostela), Frank O. Gehry (Guggenheim de Bilbao) Mario Botta (Museo de Arte Moderno de San Francisco), Richard Meier (MACBA de Barcelona), Rem Koolhas (Kunsthal de Rotterdam), Renzo Piano (museo de la colección de Menil, en Houston), Jean Nouvel (última ampliación del Reina Sofía de Madrid), Rafael Moneo (Museo de Arte Moderno de Estocolmo) y Santiago Calatrava (Palacio de las Artes Reina Sofía de Valencia), entre todos muchos.

Son artistas del diseño que buscan convertir en una obra con valor propio el simple continente, que dibujan paredes escultóricas, que se sirven tanto del vidrio como del hormigón, tanto de la curva como la recta. Cada uno en su estilo, los diseños buscan no dejar indiferente a nadie, en ocasiones desde la monumentalidad más absoluta, en otras desde la simplicidad de formas más austera y también -como sucede con el proyecto de Niemeyer- aunando ambos conceptos con maestría.

Su proyecto será blanco. Como lo son muchas de sus obras brasileñas, y también las construcciones que firma otro premio Príncipe de Asturias de las Artes, Santiago Calatrava. El genio valenciano acaba de inaugurar el Palacio de las Artes Reina Sofía, un espectacular edificio que alberga un auditorio de acústica impecable. Es suyo también el auditorio de Tenerife, una suerte de escultura hecha para la música junto al mar. Son en ambos casos auditorios, como el que Niemeyer ha diseñado para la ría avilesina, y que pueden servir de referencia sobre lo que supondrá para la ciudad.

Todas estas obras, y otras muchas, son edificios emblemáticos, que buscan el equilibrio entre la funcionalidad y la estética, que han cambiado a golpe de diseño el viejo concepto del equipamiento cultural. Ya no basta con un lugar en el que amontonar obras de arte; no es suficiente un sitio cómodo para escuchar música. Hoy se busca la exclusividad.



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