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Lunes, 13 de marzo de 2006
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ASTURIAS
BÁRBARA GARCÍA MARTÍNEZ HIJA DE LA GIJONESA ROCÍO MARTÍNEZ, DESAPARECIDA EN LA DICTADURA MILITAR ARGENTINA
«Cuando no tenés un sitio donde llevar flores es difícil asumir que esa persona está muerta»
«Tenía 8 años cuando se llevaron a mi mamá de casa. Aún recuerdo sus gritos y la cara de terror de mi hermano» Rocío Martínez Borbolla nació en 1945 en Gijón. Con 15 años se exilió con su familia en la provincia de Buenos Aires, huyendo de la represión franquista
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Treinta años no han logrado acabar con la esperanza de Bárbara García, hija de la gijonesa Rocío Martínez Borbolla, desaparecida en 1976 durante la dictadura militar argentina. La búsqueda de esta asturiana, nacida el 5 de mayo de 1945 en Gijón (en La Gota de Leche), ha sido reavivada por la Agencia de Cooperación del Principado, que ha decidido investigar qué ocurrió con los emigrantes desaparecidos tras el golpe de Estado que encabezó Jorge Rafael Videla y del que el próximo 24 de marzo se cumple el treinta aniversario. Bárbara, de 39 años, vive en Buenos Aires, en el barrio de San Isidro. Tiene tres hijos. A pesar de haber transcurrido tres décadas, aún no ha cerrado sus heridas. Sabe que su madre está muerta, pero quiere saber qué pasó con ella. «La decisión del Principado es histórica; espero que sirva para algo», dice, mientras se prepara para asistir el día 24 a la 'Marcha de la Resistencia' en la plaza de Mayo.

-Su madre, Rocío Martínez Borbolla, forma parte de la lista de asturianos desaparecidos durante la dictadura argentina. ¿Cómo ocurrió?

-Fue el 14 de junio de 1976, cuatro meses después del golpe de Estado. Yo tenía 8 años y mi hermano, Camilo, 4. Mis padres se habían separado y nosotros vivíamos con mi mamá, en Haedo, un barrio situado al Oeste de la provincia de Buenos Aires. Ocurrió de madrugada. De repente, empezaron a aporrear la puerta de casa y a gritar para que abriéramos. Decían que eran del ejército. Intentamos escapar con mi hermano por la ventana de la habitación, pero no pudimos.

-¿Qué pasó?

-Entraron unos tipos, con unas ametralladoras gigantes y nos apuntaron gritando '¿alto ahí!'. Cuando vieron que éramos dos chicos se empezaron a reír. Nosotros estábamos aterrados. Recuerdo la cara de terror de mi hermano pequeño, Camilo. Escuchábamos los gritos de mi mamá pidiendo ayuda y también cómo la insultaban y pegaban. Así durante varios minutos hasta que se la llevaron.

-¿Supieron quiénes eran?

-Militares, lo que acá llamamos 'mano pesada', aunque iban vestidos de civiles. Yo era pequeña, pero todavía no me he olvidado de sus caras.

-¿Pudieron ver a su madre?

-No. Desde la habitación sólo escuchábamos sus gritos. Aún los recuerdo. Cuando terminó todo, los militares nos dijeron que nos vistiéramos, y empezaron a ver qué hacían con nosotros. En ese momento, afortunadamente, llegó un vecino que les dijo que nos conocía y que se haría cargo. Menos mal, porque, de no ser así, intuyo que a mi hermano lo hubieran dado en adopción y a mí me hubiesen matado.

-¿Le dieron alguna explicación?

-Antes de que se fueran les pregunté por mi madre y me dijeron: «quedate tranquila, nena, tu mamá está bien», pero nunca más la volví a ver.

-¿Qué pasó después?

-Nos dejaron la casa destrozada. No sólo secuestraron a mi madre. También nos robaron cosas: muebles, aparatos eléctricos... de todo. Nosotros nos fuimos a vivir con mi abuela paterna. A partir de ahí, empezó toda una cosa muy loca. Nadie hablaba del tema; era como si lo de mi madre no hubiese ocurrido. En Argentina, a los pibes como mi hermano y yo, nos etiquetaban de 'hijos de subversivos'. Los padres de otros chicos no querían que jugaran con nosotros y los docentes te trataban mal.

-¿Seguía preguntando por su madre?

-Al principio, sí. Pero, con el paso de los años dejé de hacerlo.

-¿Y ahí quedó todo?

-No. Cuando fui más grande empecé a investigar. Contacté con la Conadep (Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas) y el Consulado español. Publiqué durante 10 años la fotografía de mi madre en los periódicos y hasta me hice el ADN para intentar localizar restos entre las fosas comunes que aparecieron tras la dictadura.

-¿Logró algo?

-Poco. De hecho, el Gobierno español nunca se interesó por saber qué había ocurrido con sus ciudadanos. Unos meses antes de que la Agencia Asturiana de Cooperación se pusiera en contacto conmigo, había iniciado un juicio civil contra el Gobierno de España.

Docente y socióloga

-¿Sabe por qué la secuestraron?

-Ella era delegada sindical del Ctera, que es el gremio más importante de los docentes. Además, estudiaba, era socióloga y maestra. Trabajaba en colegios marginados y daba clases en núcleos chabolistas. Imagino que era una persona molesta para la dictadura.

-¿Llegó a saber qué ocurrió con ella después del secuestro?

-No. Sospechamos que estuvo recluida en la Escuela de Mecánica de la Armada, la Esma, uno de los centros clandestinos de detención más brutales de todos los que funcionaron en Argentina.

-¿Su madre le hablaba de Gijón?

-Muchísimo. Tenía muy presente a Asturias. De hecho, nunca quiso perder la nacionalidad española.

-Y usted, ¿conoce el Principado?

-Si, viajé muchas veces para allá, aunque nunca me quedé a vivir. Mi familia materna, la que venía de Asturias, se marchó a España unos años después. Quedaron muy dolidos con el país. Mi abuelo, el padre de Rocío, había luchado en el frente republicano y fue uno de los últimos presos condenados a muerte que indultó Franco. Imaginate, se escapó de todo aquello exiliándose en Argentina y mirá lo que le tocó vivir acá.

-¿Vive su abuelo?

-Sí, ahora está en Valencia, aunque extraña mucho Canales de Cabrales, donde pasó su infancia y adolescencia antes de irse con mi abuela a vivir a Gijón. Tiene 93 años y todavía muestra con orgullo las siete heridas de bala que tiene en una pierna.

-¿Cómo era la vida de la familia de su madre en Buenos Aires?

-Era una familia de clase media con la única intención de vivir en paz. Mi abuelo era carpintero y mi abuela, también de Cabrales, costurera. En Argentina, mis abuelos perdieron a una de sus hijas y a punto estuvieron de que le mataran a otro. Quedaron hartos de tanto horror y se fueron.

Derechos humanos

-¿Qué espera después de 30 años?

-Espero que lo de Asturias no sea un acto para la galería, como está ocurriendo en Argentina con el Gobierno de Kirchner. Los derechos humanos nunca interesaron en mi país. De hecho, la Secretaría de Derechos Humanos no contactó nunca conmigo. Para mí, Rafael Palacios, el responsable de la Agencia de Cooperación del Principado, es como un hada madrina. Es muy importante que un gobierno de España, aunque haya tardado treinta años, empiece a mirar por sus desaparecidos. Es algo histórico.

-¿Le gustaría poder 'enterrar' a su madre?

-Me gustaría poder cerrar esta historia. A mí, de un día para el otro, me quitaron a mi mamá, me sacaron de mi casa y me dijeron: «aprendé a vivir así, tu madre ya no va a estar». La figura del desaparecido es terrible, es alguien que no está, pero al que no podés enterrar. Cuando no tenés un sitio donde poner una flor es difícil asumir que esa persona está muerta.

-¿Cómo se soporta eso?

-Mal. Cuando no la enterrás, la persona sigue en tu fantasía. Durante años, me gustaba pensar que mi madre se había ido a Asturias y, en cada viaje que hacía a Gijón, soñaba con encontrármela por la calle. ¿Qué loco, no?

-¿Espera justicia después de todo?

-¿En este país? ¿Qué va! Hubo al principio, con el Gobierno de Alfonsín, un intento de hacer justicia, pero luego vinieron las leyes de Punto Final y Obediencia Debida y casi todos los que torturaron y asesinaron están libres. Lo único que espero es que la decisión del Principado de investigar qué pasó con los detenidos-desaparecidos españoles no caiga en saco roto y que en Argentina no acaben robando el dinero que el Gobierno de Asturias destine para eso.



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