Muchos campesinos se abstuvieron de votar por el miedo a la tinta indeleble que marca los dedos de los electores para evitar fraudes. «Si antes acudir a las urnas era difícil porque las guerrillas nos vigilaba, imagínese ahora volver uno con un dedo marcado. Eso es como desafiarlos», comentaba ayer un labriego de Caño Amarillo al diario 'El Tiempo'.
«La gente no vende su vida por un voto», añadía al rotativo un pescador de Puerto Lucas. «Pocos irán porque saben que se meten en un problema. El Ejército no da garantías en las aldeas y no vamos al pueblo porque nadie nos asegura que no nos pasará nada al regreso», añadió.
Algunos alcaldes rurales solicitaron al Comité Electoral que omitiera el requisito de la tinta indeleble para animar al electorado a votar, pero no fueron escuchados.