Rembrandt miraba y pensaba dibujando y su mano era capaz de convertir lo que estaba viendo y lo que estaba pensando en trazos y en manchas. Entre su mente y la imagen sobre el papel no hay mas intermediarios que su mano y la pluma de ave más o menos fina para hacer las líneas, el pincel para hacer las manchas y la sanguina o el lápiz negro según la finalidad que tuviera el dibujo. Aparentemente apenas hay reflexión tras ellos sino un don innato y mucha sabiduría. Los dibujos de Rembrandt son muy diferentes de los de sus contemporáneos.
Al mirarlos se aprecia la extraordinaria variedad de trazos que hay en ellos. Con una misma pluma, apretándola más o menos sobre el papel, girándola en distintos ángulos, consigue líneas exquisitamente finas que se convierten seguidamente en trazos de una gran potencia. Los delicados rostros de algunos de sus personajes están dibujados con líneas de un grosor mínimo y de una seguridad y expresividad asombrosas y, en el cuerpo de esa misma figura, ha podido utilizar una pluma cargada de tinta para, con cuatro garabatos o cinco líneas paralelas conseguir el mismo volumen y corporeidad que si lo hubiera cubierto de cientos de rayas. Por último, con unas aguadas de pincel crea los ambientes, a veces sólo con la sombra del personaje. Los trazos de los dibujos de Rembrandt caracolean, corren en zigzag a lo largo de las telas, perfilan, corrigen o subrayan las figuras con una seguridad pasmosa. Unas veces son enmarañados, otras, poderosas líneas rectas, cada uno respira libertad.
Dibujaba del natural, dibujaba lo que le rodeaba, lo que veía: a sus padres, a su esposa Saskia, tantas veces enferma en su lecho, a su pequeño hijo Titus, a campesinos, mendigos, modelos masculinos y femeninos, paisajes; pero también inventa continuamente escenas, sobre todo de tema religioso, planteadas de manera muy diferente a cómo lo hacen otros artistas. Hacía diseños para sus propias obras y, muchas veces, para enseñar a sus discípulos.
Rembrandt dibujaba sobre el barniz que recubría las planchas que iba a grabar al aguafuerte con la misma soltura que lo hacía sobre el papel, por eso no se conservan muchos dibujos preparatorios de sus estampas. En 1998, se organizó una exposición de los grabados de Rembrandt de la Biblioteca Nacional con el tituló 'Rembrandt, de lo divino a lo humano' y en ella quedó de manifiesto por qué este artista es distinto de todos los demás y por qué se le considera como el mayor grabador de todos los tiempos. Para conmemorar el cuarto centenario de su nacimiento y por iniciativa de la Fundación Caixa Catalunya, otra exposición titulada 'Rembrandt, la luz de la sombra' reúne 140 estampas de una calidad realmente excepcional que muestran hasta dónde puede llegar un genio utilizando la técnica del grabado para crear obras de arte de tanta calidad como puedan tener sus cuadros.
El grabado ha sido considerado con frecuencia como el hermano pobre de la pintura, que ha luchando por parecerse a ella, pero no es siempre cierto. Cuando un artista conoce a fondo las técnicas del grabado, concibe y plantea la obra desde el principio contando con sus posibilidades. Aparentemente los grabados de Rembrandt se parecen a sus pinturas en la búsqueda de contrastes entre la luz y la sombra, en la profundidad psicológica de los personajes que representa, en la originalidad con la que plantea los temas, pero el artista consigue en sus estampas lo que no puede hacer en sus cuadros.
Partiendo de una misma matriz y valiéndose de los recursos del grabado, del aguafuerte, la punta seca y el buril, del entintado, de la estampación y de distintas clases de papel e, incluso, del pergamino, logra representar, en sucesivas pruebas de estado, secuencias temporales como la 'Huida a Egipto de la Sagrada Familia' en una noche cada vez más oscura sólo iluminada por la luz de un candil; o la progresión de la intensidad dramática de una escena terrible como es la de 'Las tres cruces'; o los cambios de humor de un personaje reflejados en los ojos de 'Clement de Jonghe', cosas imposibles de plasmar en una obra única como es un cuadro. Rembrandt llevó al límite las posibilidades de las técnicas de grabar que se conocían en su época y dio un paso hacia delante. La inteligencia, la brillantez y la belleza de sus estampas conseguida a base de trazos y manchas, de luces y sombras, no ha sido nunca igualada.