MOHAMED VI ha iniciado este lunes, sin anuncio previo, un viaje por el Sáhara Occidental que se esperaba desde hace tiempo y que ha suscitado un notable interés en cuanto a que es vinculable al escenario de presentación de una próxima iniciativa de Rabat sobre el disputado territorio de la antigua colonia española. El soberano va a pasar la semana casi completa en las «provincias del Sur» y tendrá ocasión de recibir el homenaje de la mayoría promarroquí que integran los ciudadanos instalados allí en el marco de la intensa política de colonización e integración 'de facto' del territorio. Huelga decir que las severas medidas de seguridad puestas en marcha le dispensarán de enfrentarse a las eventuales protestas de los independentistas saharauis.
El viaje coincide con un periodo crucial del contencioso, caracterizado por algunas ganancias del Frente Polisario en el registro diplomático y por la exigencia de la comunidad internacional de que Marruecos mueva ficha para romper el peligroso punto muerto en el que se ha instalado la cuestión. El Rey y su Gobierno parecen haber asumido, lo que no es nada desdeñable, que no se puede hacer una política monolítica remitiéndose perpetuamente a una inalterable y tajante negativa, que llegó a su culminación con la tajante oposición a la segunda y última versión del 'plan Baker', el mecanismo puesto a punto con suma destreza técnica por el antiguo secretario de Estado de EE UU.
La aceptación de aquel plan por los independentistas puso a Marruecos en la tesitura imperiosa de presentar alguna iniciativa propia. Hay indicios de que tal cosa está cerca y quizás haya sido el desencadenante de la visita real.
Se habla de que a finales de abril Rabat planteará al Consejo de Seguridad de la ONU una propuesta que partiría de la particular interpretación que de un régimen autonómico para el territorio haría Marruecos. Pero hay también pocas dudas sobre la respuesta del Polisario, que siempre ha descalificado las soluciones intermedias como el autogobierno local en el marco de la soberanía marroquí. En todo caso, la posible propuesta de Rabat tendrá el doble mérito de alentar el debate y, de paso, hacer pedagogía política en el propio Marruecos, donde el Rey debe convencer a los suyos de la conveniencia de reordenar la distribución geográfica y administrativa del poder y reconocer particularidades que la democratización en curso deberían hacer viables y duraderas sin peligro para el Estado.