Todas aquellas puertas que el Gobierno abría hacia pisos en los que los metros parecían más cuadrados que nunca, por el reducido presupuesto a emplear en baldosas, y que al final dieron a un patio donde los vecinos, incluso vociferantes, pugnaban por la ropa tendida con acusaciones cruzadas y suspendida de una pinza, todos aquellos pisos minúsculos parecen haber quedado en el sótano donde se apilan los chistes del vecindario, y, por supuesto, en la mente de quienes ocupamos, desde antes de la mencionada pugna, uno de ellos.