Para Alonso se antojaba, como en Malasia, una salida decisiva. Sin embargo, antes de la misma la cosa se clarificó bastante. Fisichella, ya con el semáforo a punto de marcar el comienzo, alzó los brazos y casi podría decirse que también la bandera blanca, la rendición ante la evidencia de que con el mismo material con el que Fernando construye un título mundial, él apenas ofrece una regularidad cogida por alfileres. Cuarenta vueltas después, desde la radio se decía al italiano que marchaba dos segundos más lento que el asturiano con la misma carga de gasolina, que «eso no podía ser».