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Lunes, 3 de abril de 2006
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MOTOR
 Actualizado: 9.52 a.m.
 
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JÚBILO. Fernando Alonso levanta el puño en señal de victoria al dirigirse al podio del circuito de Albert Park, donde logró su segundo triunfo de la temporada. / EFE
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Albert Park quedó hecho cisco. El pulmón verde de Melbourne, que alberga un lago y un campo de golf público, obligará al trabajo extra de los operarios durante días.
El gran acierto del asturiano y de Renault reside en que el primero tiene todo lo necesario para ganar el título y la marca, unos coches rápidos. Fisichella es la excepción.
Para Alonso se antojaba, como en Malasia, una salida decisiva. Sin embargo, antes de la misma la cosa se clarificó bastante. Fisichella, ya con el semáforo a punto de marcar el comienzo, alzó los brazos y casi podría decirse que también la bandera blanca, la rendición ante la evidencia de que con el mismo material con el que Fernando construye un título mundial, él apenas ofrece una regularidad cogida por alfileres. Cuarenta vueltas después, desde la radio se decía al italiano que marchaba dos segundos más lento que el asturiano con la misma carga de gasolina, que «eso no podía ser».
La mañana deparó varias fotocopias en imágenes. Cada vez que la carrera se detuvo, el coche de seguridad ingresó en la pista y condujo a los potentes monoplazas, Fernando Alonso cobró algún tipo de ventaja. Por ahí mostró su superioridad, en las vueltas de apariencia inocua, las que llevan a los bólidos como ovejas detrás de su pastor. El asturiano perdió la ventaja en segundos que tenía con el británico Jenson Button o el finlandés Kimi Raikkonen, pero luego la restableció en salidas lanzadas.
 
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