La situación de la costa marbellí ha tenido un gran eco. La fama acumulada en estos últimos años ha estado asociada a la especulación y abuso de poder con fines propios, o mejor dicho impropios de un puesto elegido democráticamente. Los casos los hay, los hubo y ojalá no continúen, aunque eso parece una utopía.
¿Porqué ahora? ¿Se querrá utilizar Marbella para un aviso al resto de la península? ¿Causará efecto?
Con todo este follón se ha puesto entre rejas a funcionarios públicos, algo que no ocupaba las portadas puesto que siempre eran concejales, y sobre todo los alcaldes, quienes formaban la tabla de chorizos sin embutir.
Este momento coincide con el anteproyecto de Ley que ejecutará el Gobierno, según el cual aquellos funcionarios que no desarrollen bien su empleo podrán ser destituidos del cargo que realizan por incompetentes.
Lo malo es que siempre se quiera meter a todos en el mismo saco y estos sacos tienen doble fondo. Pero menos mal que existe el fútbol para aliviar tensiones de la realidad social del país, para relajar todos los músculos mientras se ve cómo veintidós jugadores corren detrás de un balón. Eso sí es de interés nacional y no el paro, la sanidad o el Estatuto de Cataluña. Al paso que vamos los juicios van a ser decididos en una pachanga de futbito. Qué poder arrastra esto del fútbol, por algo lo llamarán deporte rey. Los bares del Nalón y el Caudal se dividieron entre madridistas y culés.
En fin, voy a pensar en el giro que puede dar la vida de todo un país si no existiera la liga de fútbol profesional, y la de dinero que nos ahorraríamos evitando que guardias civiles y policías entrasen a los campos y permaneciesen fuera del estadio.
Si lo privatizasen quizás daba para mejorar más de un hospital u otras menguas, o construir uno nuevo, como en Langreo un Centro de Discapacitados (ya veremos qué ocurre con el anuncio del presidente Areces acerca de un proyecto singular sustitutorio, del que ayer informaba EL COMERCIO).
Será cuestión de palabra o abuso de la palabra que este centro tenga un emplazamiento, a la chita callando, en una provincia no muy lejana, en donde nació y militó un presidente del Gobierno, de los de talante en ristre y sin acritud rocinante. ¿Sanchos o Quijotes? Está claro que depende de la Península Barataria en que te encuentres.