RECUERDO con cierta gracia cuando estudiaba con desgana inglés en el antiguo bachillerato. Mis compañeros y yo hacíamos rechifla de aquello de aprender los verbos, las conjugaciones o el genitivo sajón puesto que, en definitiva, no dejaba de ser una cuestión menor en comparación con matemáticas o física. Recuerdo cómo nos afanábamos en pronunciar lo más parecido posible al profesor, aunque el resultado final fuese un sonido cacofónico apenas ininteligible. Prueba de todo ello fue cuando, como cosa excepcional, trajeron a una nativa inglesa para que viéramos, digo yo, que había gente real que lo hablaba fuera de las viñetas de los libros. Anne, que así se llamaba, se encontró ante una clase que le entendió su nombre, que era natural de Londres y poca cosa más. Todos nos mirábamos preguntándonos qué estaría diciendo ya que, pese a hablar tan despacio como una cinta de magnetófono estropeada, no comprendíamos nada. Creo que ahí, justo en ese momento, fue cuando me di cuenta de que la educación lingüística que recibía dejaba mucho que desear.
Pasaron los años y la Universidad no me aportó mucho más. He de reconocer, sin embargo, que tuve la suerte de encontrar a una persona que no sólo me enseñó mucho, sino que también hizo que me divirtiera con ello. Fue entonces, y sólo entonces, cuando profundicé en el idioma y logré pasar a la otra orilla del río: allí donde te gusta lo que aprendes. Años más tarde, gracias a unos estudios becados me di cuenta de lo flojos que estábamos en este país en el tema de idiomas. Recorrí varios países de Europa durante los años 90 y comprobé 'in situ' cómo al conocimiento de un idioma extranjero le daban la importancia que tenía. Ya de aquella era obligatoria en su enseñanza de secundaria aprender dos lenguas, una de ellas, al menos, con conocimiento profundo. Así, alemanes, belgas, holandeses o franceses hablaban múltiples idiomas por un tubo, mientras que aquí nos quedábamos absortos como diciendo, ¿y qué comen estos?
Posteriormente, mis experiencias, tanto en la vida como en el trabajo, no han hecho más que reafirmar mi teoría: nuestro nivel en cuestiones de aprendizaje de otras lenguas, pese a tener un ejército de filólogos en paro, es muy bajo. Uno de mis primeros empleos fue en una empresa de recursos humanos. Allí, lógicamente, se recibían cientos de currículo de peticionarios trabajo. Bien, desmitificando un poco la épica montada al respecto, pocos puestos exigían el conocimiento de un idioma, ahora bien, si así lo hacían, era todo un problema. Cuando te ponías a ver si era verdad aquello del grado de conocimiento te volvías loco. En la mayoría de los casos, salvo que tuviesen algún contacto con la lengua nativa (un padre, una madre, una casa en...) era el único dato, digámoslo así, falseado adrede. Y así, cuando le preguntabas si era verdad lo que decían dominar, saber o entender, una sonrisita traidora siempre les delataba su exagerada valoración.
Para terminar les contaré una anécdota que me sucedió viajando por un país árabe. Normalmente, por imperativo del turismo, no tienen más remedio que aprender al menos inglés para intentar venderte algo. Pues bien, me encontraba con una señora de Bilbao que se entendía con los nativos gritándoles frases como: «Oiga, pero cómo me pide usted tanto», o bien: «Qué va, qué va, esto en Bilbao lo saco yo más barato». El caso es que los beduinos, por eso de ser buenos comerciantes, le respondían a sus gritos con una sonrisa y cosas como: «Pantoja bonita», o bien: «Madrid, Raúl, Zidane, Roberto Carlos»; para acabar preguntándole a la postre si hablaba algo de inglés. A la del Guggenheim esto le molestaba muchísimo y siempre respondía gritando aún más hasta que, en una ocasión, en mitad del desierto, uno se bajó del camello y le espetó en perfecto andaluz: «Ande, señora, compre y no nos toque los cojones».