HABLAR sobre el tabaco es tema de moda. Una nueva ley ha puesto a los fumadores contra las cuerdas y lo mismo a los establecimientos de hostelería. Ahora casi más de la mitad de los fumadores quieren dejar de fumar y proliferan los folletos, hasta libros incluso, que aconsejan el mejor modo de dejar la adicción al tabaco. Con toda modestia, voy a dar el mío.
Fui un fumador empedernido hasta la primavera de 1975. Hace más de 30 años que dejé de fumar, cuando era hombre de hasta tres cajetillas diarias, tanto de rubio como de moreno. Tuve hasta dos ataques de tabaquismo.
Al final, en 1975 fumaba tres paquetes diarios de una buena marca de pitillos. Un día me dije: ¿quiero dejar de fumar? La verdad es que cada vez que daba una charla -cosa frecuente en aquellos años- pillaba unas ronqueras que me duraban días. Llegué a tener miedo a que el tabaco me quitara la voz, que era un instrumento vital en mi medio de vida.
¿Y dejé de fumar! Ahora les explico cuál fue mi método. Yo llevaba la cajetilla en un bolsillo de la chaqueta. Sacaba la cajetilla del bolsillo, incluso a veces hasta un pitillo. Lo miraba y me decía: «Voy a esperar media hora más antes de fumarlo». Y volvía a guardar en el bolsillo la cajetilla. Así, un día y otro día. Sacar la cajetilla y volver a guardarla. Cuando pasaron tres días creí que había ganado la batalla. Pero no me fié de mí mismo y continué con el sistema. Han pasado más de 30 años. No fumo desde entonces. Todo es una cuestión de fuerza de voluntad. Si no quieres fumar, pues no fumes. Es más, hasta me molesta el humo de los que fuman a mi alrededor. Pero como yo habré molestado también en mi época de fumador, aguanto y me callo.
El que quiere dejar de fumar, que emplee mi sistema. Ojalá le sirva. Lo único que pido es que me lo diga.