Radu Lupu, el genial pianista rumano, cuando toca canta, y no con el piano; canta con la voz a boca cerrada, tal como se habrán percatado los oyentes más cercanos al piano. Es un canto hacia adentro, un runruneo ocasional que curiosamente no reproduce la voz principal de la melodía en un determinado pasaje del piano, sino líneas intermedias de una armonía que empuja la interpretación. Recuerdo que 'Niño Ricardo', el mayor guitarrista flamenco de todos los tiempos hasta Paco de Lucía, hacía algo similar. Recogía en su tarareo no lo que el instrumento cantaba, sino esa atmósfera indefinible que envuelve la composición.
Precisamente en la captación imprecisa de lo que llamamos 'esa atmósfera' basada, primero en un enriquecimiento de la textura polifónica del piano, por la que cada dedo que toca una tecla, canta con claridad y transparencia; segundo en una variabilidad emocional, desde el lirismo poético a la expresión apasionada, desde la ternura a la burla, desde el matiz mínimo adentrado en un mundo silencioso a los fortísimos en los que peligra la integridad de las cuerdas del piano; tercero, en una concepción profunda de la obra de Schumann por la que, bajo un trasfondo controladamente sereno, se muestra las esa corriente que va dentro y que arrastra como la resaca de una marea en un mar en aparente calma.
En Schumann, como en la resaca marina, la procesión va por dentro. Esa fue la gran lección del concierto de Radu Lupu. Un Schumann eminentemente lírico, solidamente estructural (en este sentido la sonata de Schumann, una obra cñíclica y reiterativa en exceso, fue un prodigio de coherencia interpretativa), y emocionalmente profundo. Un Schumann de referencia.