Como aquel diciembre de 1988 en que el Museo Juan Barjola abría sus puertas, hoy todas sus paredes vuelven a rendirse ante la portentosa paleta de quien le dio justificación y nombre. Entonces se mostraba la primera y sustanciosa donación que defendía la pinacoteca en Gijón, ahora, desde ayer, se reúnen en sus tres plantas todas las miradas que, como en un ejercicio de exorcismo, fue extrayendo el pintor de su mente para volcar en sus telas. Entonces se pudieron ver las obras que regalaba, como él decía, «al pueblo de Gijón» y que, con los años, fueron creciendo en número. Este abril, que se convierte en homenaje, el primero que se hace tras su muerte (en 2004), lo que ocupa paredes, incluso alguna ventana cegada para la causa, es un recorrido por otros museos, colecciones privadas y galerías de varias ciudades. Una singladura que permite visitar todas las etapas del pintor, desde sus maneras más jóvenes, en plena formación, hasta sus últimas creaciones. Desde las indagaciones primeras, hasta descubrir su ámbito personal poblado de presencias solitarias.