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Lunes, 10 de abril de 2006
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SOCIEDAD Y CULTURA
CRÍTICA DE TEATRO
Galimatías teatral
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LA cabra es un buen animal para hacerlo suyo las gentes del teatro. En ese mundo, como en la Legión, debería ser la cabra el emblema teatral; hasta hay un grupo que ha tomado su buen nombre, y se llama 'El canto de la cabra'.

El barco es un buen lugar para destripar los yoes, y hacer arreglos varios de las propias locuras observando las ajenas. El barco es también una nación de naciones: allí, el capitán casa, descasa, testamenta y tira por la borda; aunque ahora haya perdido autonomía con las llegadas rápidas de los guardacostas, o por el aire. En un barco es donde el contador de cuentos hace los últimos experimentos para reinsertarse, aconsejado por el doctor argentino Osvaldo y la monja vasca Begoña. El barco es del armador José Mari, y allí, el cuentacuentos entra en lo disparatado mezclado con lo subversivo, para ir arreando tortas a todo el mundo en esa travesía fantástica, donde el actor se va acercando cada vez más al público, hasta ser uno de los nuestros. Nos reímos con él, aunque tampoco al personaje, que está como una cabra, y estoy seguro que ni siquiera el propio actor, le importaría que se rieran de él. La pena es que esos 45 o 50 yoes que todos llevamos encima, no pasaran también por taquilla. La misión de este psico-drama, o como haya que llamarlo, es la de ir sacándolos a flote mediante el ejercicio de la risa. Reírse con él, de él y de uno mismo.

Atravesar con el personaje las siete etapas distintas del psico-drama, no es tarea fácil. Hay que desnudar a los yoes, y algunos de ellos están vestidos de culpas y pecados. Pero esa forma de mezclarnos con este personaje, que viene, según él, a contarnos mentiras (el mundo es una mentira) y a ofrecernos disparates (la vida es un disparate), nos ayuda a salirnos del sentimiento, donde uno pena, y apostar por el pensamiento, porque pensándolo bien todo da para reírnos. Lo dice Woody Allen: los dramas mal resueltos acaban siendo una comedia.

Karra Elejalde, actor de los grandes, nos hizo reír a carcajadas, interpretando el personaje y pasando por encima del guión, que tiene sus momentos de vulgaridad y vacío argumental. La respuesta del escaso público (ellos se lo perdieron) fue la risa continua y los aplausos al final.



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