Entre dos se las arreglan para envolverse las costillas en las fajas, estirando mucho. Y están esa tira de arpillera y ese rollito de tela forrada rellena de borra o algodón que les protege la nuca, al que llaman 'morcilla'. Cada uno se apaña. Algunos se blindan las lumbares con fajas ortopédicas y, con vendajes funcionales, los dedos de los pies, tobillos y muñecas. Hay que amortiguar en lo posible la carga de ese tamaño prodigioso y difícil de ignorar que constituye el paso procesional. En función del número de miembros del grupo, tocará a cuarenta o sesenta kilos por costalero. En medio de una atmósfera contenida, al principio habrá gana de comentar. Que si... Que si... Tras horas de marcha, sólo quedarán voces rotas y autómatas aplastados por el dolor. La única que permanecerá intacta de una Semana Santa a otra es la fe. La que hace enmudecer cuando el costalero veterano da la lección maestra: «El paso no se lleva con la fuerza, sino con el corazón».