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Jueves, 13 de abril de 2006
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PIETRO Cannata pasó a la historia cuando, a principios de la década de los noventa del pasado siglo, destruyó a martillazos un dedo del pie izquierdo del 'David' de Miguel Ángel. Sin mediar palabra, con paso firme y provisto de la herramienta con la que poco después daría rienda suelta a su afán iconoclasta, Cannata caminó por los pasillos de la Galería de la Academia, invisible para todos hasta que fue demasiado tarde para impedir el desastre.

El otro día visité Santa María del Naranco. No sé si saben que en los últimos meses la han estado restaurando (retejado, limpieza de fachada, todo eso) y la verdad es que ahora luce como una patena. Pero nada es perfecto, y menos cuando los políticos se meten por en medio. Resulta que la institución restauradora ha tenido que poner allí uno de esos carteles casi obscenos en los que informa a todo el mundo de quién es el que suelta la guita, y no encontraron mejor sitio para instalarlo que el hueco exterior del zaguán que da entrada a la planta alta. El rótulo está, pues, empotrado en la confluencia de las dos escaleras, precisamente en el lugar que más molesta al viajero si éste quiere tener una visión global del lado norte del edificio, pero eso ya es lo de menos. El problema es que el cartelón es de hierro y en esta región nuestra la lluvia no es un fenómeno inusual, así que el cartel, como es lógico después de tanto tiempo, se ha oxidado con todas las de la ley y bajo él nace una asquerosa mancha rojiza que se extiende hasta casi tocar el suelo. Por toda la pared, vamos.

Pietro Cannata estaba loco, y aunque eso no haga menos execrable su acción digamos que le proporciona una disculpa ante la Historia. Nuestros políticos, en cambio, están muy cuerdos cuando les interesa. Dentro de un tiempo, correrán a inaugurar la restauración del Naranco, pronunciarán discursos elogiando la belleza del arte ramirense y asumiendo como propias cada una de sus virtudes y mirarán para otro lado si alguien les señala la inoportuna mancha de óxido. «Pecata minuta», dirán. «Nada importante, miren qué guapo está todo lo demás». E, incorregibles 'Cannatas' de nuestro tiempo, se harán fotos ante los miradores y reiterarán su compromiso con el arte mientras la mancha, testigo mudo de su desidia, continuará creciendo a sus espaldas, como en las malas películas de terror. Sólo que, en este caso, serán ellos los que den miedo.



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