En las antípodas del planeta hay un lugar muy parecido a Asturias. Al menos, en lo que a calamares gigantes se refiere. Porque existen dos zonas en el mundo donde está demostrada la presencia estable del mítico kraken, donde estos animales han aparecido con cierta frecuencia durante los últimos años: por una parte, el caladero de Carrandi, frente a la costa de Colunga; por otra, el cañón de Kaicoura, en Nueva Zelanda. Poco se sabe de la especie, cuya existencia era puesta en duda hasta hace no muchos años. Ni siquiera se conoce si los ejemplares que pueblan los fondos marinos próximos a Asturias son iguales a los que viven en Oceanía.
Con el objetivo de aclarar eso, la Coordinadora para el Estudio y la Protección de las Especies Marinas (Cepesma) ha iniciado una línea de colaboración con el Museum Archive, de Kaicoura. Según explicó el director de la asociación conservacionista asturiana, Luis Laria, uno de los fines que se persigue es «saber si las poblaciones de ese área son genéticamente como las nuestras». Para ello, Cepesma enviará hasta Nueva Zelanda muestras de tejidos de ejemplares aparecidos en las costas asturianas. En las antípodas se realizarán las pruebas para saber si se trata de la misma especie.
En principio, Laria descarta la posibilidad de intercambios entre ambas poblaciones debido a la enorme distancia que las separa. Y añade el director de Cepesma que esta colaboración jugará un importantísimo papel en el conocimiento de la especie ya que «la investigación genética es algo que allí llevan años realizando, mientras que aquí estamos en pañales, no se ha hecho nada aún».
Varamientos
Este convenio ha surgido del viaje que Laria realizó a Nueva Zelanda el pasado mes de noviembre. Además de la colaboración con el Museum Archive, Cepesma también mantiene contactos con la asociación New Environment, cuyo ámbito de actuación es el sur de Nueva Zelanda. El colectivo, formado por biólogos marinos, está llevando a cabo estudios sobre los calamares gigantes a través del seguimiento de los cachalotes de la zona. Con ellos se pretende intercambiar información sobre varamientos y la relación con las poblaciones de cachalotes.
Es precisamente en este punto en el que más se diferencia el caladero de Carrandi de su réplica en las antípodas, el cañón de Kaicoura: mientras que los grandes cetáceos pueblan la costa neozelandesa de manera estable, en la asturiana su presencia es excepcional. Según Laria, el motivo es la diferente «orografía subacuática», porque mientras que «el cañón de Kaicoura es un valle profundo con dos terrazas laterales que posibilitan una inmersión con buena información por ecolocalización», en Carrandi «la compleja orografía y lo agreste de los fondos» entorpece las inmersiones de los cachalotes. No hay que olvidar que los fondos oceánicos asturianos «pertenecen geológicamente a la misma formación de pliegues de los Picos de Europa».
El depredador
Tanta atención hacia los cachalotes tiene su explicación: se trata del único enemigo natural del calamar gigante, su depredador, y ejemplares de architeuthis han aparecido en el interior de los cetáceos. Además, se han localizado cachalotes con lesiones en la piel provocadas por los tentáculos de los kraken, prueba de las luchas entre ambos colosos.
Ante estas evidencias, en Kaicoura se ideó un método original para lograr grabar a los calamares gigantes. El director de Cepesma recuerda que, con el mismo objetivo que el Proyecto Kraken llevado a cabo en Asturias también sin éxito, se instalaron cámaras en los lomos de los cachalotes con el fin de acceder a una de esas luchas. Sin embargo todo se frustró en cuestión de minutos, cuando los animales comenzaron a restregarse unos contra otros para librarse de esos incómodos apéndices.
Redes de pesca
Otra diferencia entre Carrandi y Kaicoura es el modo en el que los calamares gigantes llegan a manos del hombre. En el caso neozelandés la única vía son los varamientos que se producen en la costa de animales muertos o moribundos. Sin embargo, en Asturias muchos ejemplares son capturados por las redes de pesca. El motivo, explica Laria, es que en Nueva Zelanda «la escasa plataforma continental no posibilita la actividad pesquera en la modalidad de arrastre». Mientras, en Asturias se pueden encontrar «mesetas planicies, aunque en profundidades no superiores a quinientos metros». Lugares hasta los que en ocasiones sube el calamar gigante en busca de alimento, pese a que su hábitat se extiende hasta los dos mil metros de profundidad.
Los contactos entre Cepesma y entidades neozelandesas ya existen desde hace dos años, cuando «el Museo Nacional de Wellington, al norte del estrecho de Cook» pidió a la asociación asturiana que les cediera algún ejemplar de calamar gigante a efectos expositivos. «Es curioso que, a pesar de aparecer tantos ejemplares en los últimos años, no tengan ninguno conservado», dice Laria. Todo lo que conservan son muestras de cara a estudios genéticos. Una situación que sí se sitúa en las antípodas de lo que ocurre en Asturias.