TRAS un año turístico excelente para Asturias, como fue el pasado 2005, en el que se batió el récord de visitantes, se abrieron unas grandes expectativas en el sector ante la Semana Santa, que es el primer gran test para medir el pulso de la actividad turística; los precedentes más inmediatos eran muy esperanzadores, ya que en los meses de enero y febrero pasados, pese a la frecuencia de las lluvias y las bajas temperaturas, las pernoctaciones crecieron un 21% y los visitantes aumentaron en un 14% con respecto al mismo periodo del año anterior.
La Semana Santa inicia la expansión turística de la primavera, con el objetivo puesto en acabar con la estacionalidad, tal como se ha vivido tradicionalmente en el turismo asturiano, de forma que toda la actividad del sector pivotaba sobre los meses centrales del verano. El incremento del turismo en los últimos años permite pensar en un cambio de modelo, al encaminarse hacia un periodo más amplio para el negocio, desde la Semana Santa hasta las puertas del invierno. Si se logra dar ese salto, las inversiones turísticas crecerán y mejorará la calidad del empleo en el sector.
Para ello nos encontramos en una buena coyuntura, con una demanda nacional creciente que representa el 75% del total de visitantes. El consumo, variable económica esencial en el actual patrón de la economía nacional, tiene una gran importancia en la proyección del turismo asturiano. Precisamente, si algo diferencia, en los últimos años, la evolución del turismo en España con respecto a Asturias, es que a escala estatal hay una cierta atonía por la dependencia del turismo europeo y el estancamiento económico de Alemania y Francia, mientras que en Asturias el turismo crece con la vigorosa respuesta proveniente de las otras comunidades autónomas. El segundo componente de la demanda regional lo constituye el turismo interior y representa un 20% sobre el total; el incremento de las licencias de construcción en las zonas más turísticas de Asturias propiciará el crecimiento de este flujo turístico.
A estos factores coyunturales se suman otros de carácter estructural. Las motivaciones del turismo han ido ampliándose. Al gusto por la fórmula de sol y playa se han ido sumando otros argumentos, lo que ha originado una especialización de la oferta, para captar las variadas formas de turismo (cultural, medioambiental, deportivo, paisajístico, etcétera). En Asturias, un 25% de los visitantes confiesan que escogen nuestra región como destino turístico por el valor de su paisaje, lo que justifica el desarrollo del turismo rural, un segmento de actividad que era casi inexistente hace trece o catorce años y que ahora supera las 7.000 plazas, habiéndose triplicado en los últimos siete años. Este abanico de motivaciones abre nuevos horizontes para el turismo asturiano, al dejar de depender exclusivamente de la bonanza climática. Ahora bien, para captar a los nuevos turistas hace falta acercar al cliente bienes que estaban sin realzar, como el patrimonio histórico-artístico, o volcarse en la oferta de actividades en la Naturaleza. Otro tipo de actuaciones, como la mejora de la accesibilidad de la región, ha experimentado un cambio con respecto a hace una década, pero todavía falta un trecho para completar la tarea, como lo acreditan las grandes caravanas de coches originadas el pasado jueves en algunos de los corredores principales de la región.
El turismo ha pasado de ser una actividad marginal en la economía asturiana a representar el 9% del PIB regional (tres puntos por debajo de la media nacional), dando empleo a 45.000 trabajadores, con un total de 69.046 plazas hoteleras, lo que supone un ritmo de crecimiento de la oferta de casi 4.000 plazas al año desde el año 2000, el más alto de la España Verde. La actividad turística mueve en Asturias cerca de 2.300 millones de euros. Es el único sector económico que no ha dejado de crecer en los últimos veinte años. El optimismo de las cifras no debe llevar a la inacción, porque hay problemas importantes que abordar. Captamos un tipo de turismo de escaso gasto (68 euros por día y persona). Es urgente orientarse hacia un turismo de más calidad, algo que sólo se puede lograr con una mayor profesionalidad de la oferta. Hay que ir hacia el logro de redes de calidad, que comprendan hoteles, playas, gastronomía, sendas, espectáculos. De no optar por una oferta muy competitiva, la actividad turística asturiana descubrirá que tiene un techo de crecimiento. Hay que ser conscientes que en los últimos ejercicios estamos sufriendo una nueva competencia, proveniente de zonas punteras, como las Islas Canarias, que ante la bajada de la demanda europea, plantean ofertas atractivas en el mercado nacional.
En la reorientación de la oferta turística debe estar implícito el objetivo de atraer turistas extranjeros, que apenas superan el 5% del total. El ala oriental de la región, con el Parque Nacional de los Picos de Europa como gran referencia, es el principal reclamo para los turistas extranjeros y también para los nacionales. El eco que tuvo la visita del Papa Juan Pablo II a los Lagos de Covadonga, en 1989, marcó un punto de inflexión. Las cifras son elocuentes: de 1989 a 1992, las plazas hoteleras de Cangas de Onís aumentaron un 200%. El centro de la región también ha experimentado progresos, al pasar de un turismo ligado a la playas de Gijón o Salinas, proveniente de la comunidad autónoma de Castilla y León, a un turismo cultural y eminentemente ciudadano, que ha dado un salto espectacular en Oviedo, y al que recientemente se ha sumado Avilés, con la mejora hotelera y la recuperación del casco histórico y de la ría. Ahora falta que el ala occidental de la región, con una oferta hotelera más artesanal, se incorpore al esfuerzo por la profesionalización de la actividad.