El regreso a Europa de la F-1 transporta solera en el equipaje. Es el desembarco en la madriguera de Ferrari, el fetiche del cavallino rampante, las instalaciones de Maranello, 95 kilómetros por autopista al norte de Imola. Es Italia, el país de la pasión por los bólidos, el único que alberga con total garantía dos grandes premios por decreto, Monza e Imola. Y es Italia sin italianos. Un repaso a la historia descubre una montaña de triunfos de Ferrari, que es algo así como si ganase la selección nacional, pero también una abrumadora sequía de éxitos de los pilotos italianos. Desde 1990 no hay pieza.