SE aproxima la etapa de la declaración de la renta, que enfrenta a los ciudadanos con sus ingratas obligaciones fiscales y sitúa a la sociedad frente al Estado en una exigencia lógica de rendición de cuentas: todos queremos contrastar la relación existente entre lo que pagamos y lo que recibimos, entre el esfuerzo fiscal que realizamos y los servicios públicos que están a nuestra disposición. Además, es inevitable que echemos una mirada alrededor para comprobar la equidad: la conciencia fiscal se fortalece con la convicción de que todos contribuimos según nuestras posibilidades.
Pero esa convicción es cada vez menos firme. Hechos como los de Marbella, que incluyen el descubrimiento de que un desaprensivo ha robado fondos públicos hasta convertirse en la cuarta fortuna de España sin que nadie se percatara de ello, destruyen la fe en las instituciones. Y noticias como la aparecida ayer, según la cual uno de cada cuatro billetes de 500 euros de la Unión Europea está en España, arrasan cualquier residuo de confianza que pudiera quedar. Esos billetes, que documentan el carácter fraudulento del gran 'boom' inmobiliario, son el testimonio de que, en realidad, Hacienda somos cada vez menos.