DISCUTÍ con ilustres contertulios sobre la ocurrencia del gobierno municipal de Gijón de ofertar empleos del plan PILES a graduados universitarios sin trabajo. Yo era el único entre todos al que le parecía bien la oferta, y consideraba beneficioso que todo sujeto conociese la humildad de caminar por la base antes de subirse a las alturas, incluidos los que sueñen con pasearse por las nubes. Ponía dos ejemplos, alejados en sus doctrinas, pero convergentes en mantener a los individuos con los pies en el suelo. El primero de los ejemplos es la regla ignaciana que convierte por obediencia al más alto rector, de un día para otro, en un simple fraile de la compañía. Y el ejemplo segundo, el mandato de Mao Tse-Tung, que disponía que todos los generales fueran soldados rasos un mes al año. Nada más justo, para que, con estos batacazos al orgullo, unos y otros aprendieran lo que era mandar y obedecer.
Las campañas de tráfico para evitar accidentes están muy lejos de las reglas ignacianas, puesto que los conductores no han hecho voto de obediencia. Decirle con palabritas finas al imprudente que procure regresar ileso a casa después de las vacaciones es como pedirle que no tosa a un atacado de catarro. De sordos voluntarios, y de ágrafos técnicos, están las carreteras a rebosar, que oyen las recomendaciones como escuchan la lluvia que azota los parabrisas. El que de verdad cree que puede ser uno de esos cien que no regresarán a casa ha de aprestarse a viajar con las dos manos en el volante, los oídos escuchando lo que dice la Dirección de Tráfico, los ojos entre la carretera y el retrovisor (para ver el morro de un coche a cinco metros de la trasera del suyo) y prestar atención a ciertos órganos que se le han subido hasta la altura del cuello. Así y todo, sabe que puedes ser uno de los cien que no regresarán a casa; si lo ignorara, pasaría a formar parte del gremio de los insensatos. Lo que hace falta es que el director de Tráfico explique qué hay que hacer para retirar al energúmeno que va por la autovía pegado a tu coche. Y si te adelanta, inmediatamente viene otro a ocupar su lugar.
De los miles de coches que se mueven con un conductor sin carné no tengo nada que decir. De los miles sin ITV ni seguro tampoco hay palabras. Me refiero a los que han seguido los cauces de una educación vial, precedida de una educación a secas. La inmensa mayoría, que hace lo posible sobre el asfalto para no dañar a nadie ni que lo dañen, esos deberían exigir de inmediato la aplicación de la doctrina de Mao, para limar las uñas a tanto tigre del asfalto. Que se vayan un mes al año, a pan y agua, de servidores de los huérfanos de atropellos. A empujar las sillas de los lisiados. A limpiar las lágrimas de tantos corazones rotos, en esta sinrazón de la prisa por la prisa.