No son juicios racionales los de los homófobos, sino prejuicios irracionales, sostenidos por un modelo caduco en el que era más importante el patriarcalismo corajudo que la inteligencia tolerante.
Una de las formas de ceguera que han contribuido a que el mundo esté tuerto. Ser homófobo, como salir a la calle a patear cabezas de negros, no es más que un atributo de gente sin cabeza, ignorantes de la variedad cromática que da pálpito a la vida y de las múltiples leyes del deseo, que incluso remontan las laderas de Brokeback Mountain.
Pareciera que quisieran una sociedad a su estricta medida, o sea, hemipléjica, en la que sólo cupieran las restringidas neuronas que caben en su cerebro. Y un par de huevos (sin duda, desconociendo que uno de los más valerosos emperadores, Adriano, tuvo por amante a Antinoo, al que elevó a categoría divina. Entre otro millar de ejemplos).
La cultura histórica no es lo suyo, desde luego. Ni la cinematográfica. Ni la de la vida misma.
Por suerte, aunque las cifras estadísticas que los representan son superiores a las ideales para la convivencia, acabarán siendo marginales.Quien no acepta la realidad, está condenado a que la realidad no lo acepte. Cazadores cazados.