Madrid, 21 abr. (COLPISA).
Majestades, Presidente, Autoridades, Señoras y señores:
Cada nuevo Premio Cervantes de Literatura representa una singularidad, el homenaje a la obra de un escritor excepcional y único. Al mismo tiempo, la trayectoria de los premios Cervantes va trazando el mapa de la mejor literatura en castellano escrita por autores españoles y latinoamericanos, fuertemente hermanados por una lengua común. Sergio Pitol, en su libro más reciente, 'El mago de Viena', escribe: "¿Quién no se ha sentido traspasado al leer en la adolescencia 'El proceso', 'Los hermanos Karamazov', 'El Aleph', 'Residencia en la tierra', 'Las ilusiones perdidas', 'Grandes esperanzas', 'Al faro', 'La Celestina' o 'El Quijote'? Un mundo nuevo se abría ante nosotros. Cerrábamos el libro aturdidos, internamente transformados, odiando la cotidianidad de nuestras vidas".
Creo que estas líneas resumen la aspiración fundamental del escritor, la búsqueda de lo que él ha llamado con frecuencia la extravagancia, la universalidad. Resumen también su pasión por la literatura, que en su caso es inseparable de su pasión por la vida. "Aquello que da unidad a mi existencia es la literatura. Es el sueño de lo real", ha dicho.
El Premio Cervantes de Literatura correspondiente al año 2005, del que Sergio Pitol ha sido con justicia acreedor, nos sitúa frente a un autor reconocido por su trayectoria intelectual, tanto en el campo de la creación literaria como en el de la difusión de la cultura, especialmente en la preservación y promoción del patrimonio artístico e histórico mexicano en el exterior. En su obra de creación conviven su quehacer como novelista o autor de relatos con su trabajo de memorialista y ensayista.
El amplio recorrido vital de Sergio Pitol abarca también la docencia, la diplomacia, la investigación lingüística y, sobre todo, una ingente, vocacional y personalísima labor de traducción de escritores como Chéjov, James, Gombrowicz, Gogol, Ronald Firbank o Malcolm Lowry, que han supuesto para muchos de nosotros el descubrimiento de grandes autores, hasta entonces desconocidos, y que sin él seguiríamos ignorando.
Es poseedor de todos los grandes premios de literatura hispana, como el Rulfo, el Villaurrutia o el Nacional mexicano, así como el español Premio Herralde de novela, y el de la Asociación de Cultura Europea de Polonia. Desde el momento en que, en 1958, publicó Victoriano Ferri cuenta un cuento, ha elaborado una veintena de títulos, entre los que los más apreciados han sido 'Juegos florales', 'Nocturno de Bujara', 'Tríptico del Carnaval', 'Pasión por la trama', 'El arte de la fuga', 'El mago de Viena', o 'El Viaje'.
Al igual que Miguel de Cervantes, Sergio Pitol ha sido un hombre marcado por los viajes, visionario, y rabiosamente independiente. Como Don Quijote, ha vivido la literatura, y el arte en general, como una locura, como un estado febril y como la única realidad posible y válida. Un estado febril de ánimo y pulso literario, y también fabril, por su incansable hacer, ya que de su "fábrica" han manado obras únicas y reconocidas. Su relación con la literatura ha sido, en palabras suyas, "visceral, excesiva y aún salvaje".
En su estilo literario se detecta algo similar a una "autobiografía oblicua", en la que se funden vida y literatura. Lo autobiográfico se proyecta en sus obras hacia el exterior, adquiriendo una voz impersonal; es decir, refleja un mundo personal pero proyectado impersonalmente. En este rasgo podemos ver un nuevo paralelismo con su admirado Miguel de Cervantes, que también supo mostrar de una forma sutil y oblicua su biografía, llena de sombras y de pasajes oscuros.
Mediante un lenguaje desbocado, las novelas de Pitol combinan fantasía y realidad, juego y parodia. Resulta así una literatura poliédrica, anticipadora y libre, provista de gran intensidad. Para él, si la escritura tiene una finalidad ésta es la de intensificar la vida y, en sus propias palabras y citando a Bajtín, "dejar un testimonio personal de la constante mutación del mundo".
En el primer Pitol hay una verdadera desesperación, lo que le lleva a largos silencios. Después de sus primeros obras de relatos y de la edición en 1972 de su primera novela, El tañido de una flauta, se produce un vacío que durará casi diez años. Esta etapa de desolación, soledad e incertidumbre se quiebra con varios libros de relatos y con la publicación en 1982 de la novela Juegos florales, en la que ya se insinúa su gran obra posterior. El reconocimiento definitivo en América Latina y en España le llega con 'El desfile del amor', que inaugura la trilogía que junto a 'Domar a la divina garza', escrita en 1989, y 'La vida conyugal', de 1991, constituirán lo que habrá de llamarse 'Tríptico del Carnaval'.
Se trata de novelas de escritura más directa, incluso feroz, capaz de caricaturizar la putrefacción de ciertos sectores de la sociedad mexicana. En su prosa voraz e implacable encontramos muchas de sus claves meta-literarias, así como la presencia de autores que han marcado definitivamente a Pitol, entre ellos Gogol y Bajtín.
Pero cuando parecía que el autor había llegado al límite de su escritura, a un verdadero callejón sin salida, surge una nueva trilogía, con un registro totalmente distinto, que fusiona memorias, ensayo y ficción, consolidando su prestigio ya internacional. La primera obra de este nuevo tríptico, El arte de la fuga, de 1996, constituye una verdadera sorpresa, una nueva concepción de lo que es la novela, y una ruptura radical y nunca vista hasta ese momento de los géneros literarios. Este recorrido se afianzará en el año 2000 con El viaje, y con la que, a juicio del escritor, es la mejor obra de la trilogía: El mago de Viena, publicada en 2005.
Podría decirse que, de alguna forma, Pitol ha ido creciendo con los años, si por crecimiento entendemos la gran ampliación de su mundo creativo o el incremento de la serenidad y la confianza. Sin embargo, desde el principio su obra ha sido sorprendentemente madura y poseedora del lenguaje y de las obsesiones que han ido tejiendo su vasto universo literario.
En toda su escritura hay una verdadera poética, una auténtica tensión narrativa, una trama, incluso cuando escribe ensayos, y hay igualmente una densa red de lecturas extendida siempre en función de esta narración. Con su voracidad lectora, inagotable, insaciable, Pitol nos da una lección sobre la importancia de la lectura; sobre su importancia para la vida y para los sueños, así como para revivir el tiempo y la memoria. La lectura entendida como tarea propia y exclusiva de los hombres, tarea antropológica radical, de quienes necesitan aprender, porque leer es aprender e interpretar la realidad que nos circunda, y es enriquecerse, ya que los seres humanos nacemos limitados.
Creo por lo tanto, sinceramente, que es necesario dar prioridad a la lectura, y al libro como su representante capital, como ingredientes indispensables para la socialización y la convivencia de los ciudadanos, así como para desarrollar una sociedad lo más libre posible.
Desde el Ministerio de Cultura, cuya responsabilidad ostento, nos hemos marcado como objetivo primordial reconocer e impulsar la lectura, implicando para ello a todos los poderes públicos del Estado, y recabando la colaboración y cooperación, imprescindibles, de toda la sociedad.
Nuestra política cultural está claramente orientada hacia el apoyo decidido a las bibliotecas públicas y escolares como ejes fundamentales para el fomento de la lectura, y para ello se está realizando un importante esfuerzo, que ya está dando frutos evidentes, tanto en la rehabilitación y construcción de nuevas bibliotecas públicas como en el incremento de las dotaciones bibliográficas destinadas a estos centros. Es por lo tanto un esfuerzo encaminado hacia una finalidad necesaria, porque como acabo de mencionar, una sociedad lectora es, sin ninguna duda, una sociedad libre.
Sergio Pitol ha subrayado en numerosas ocasiones su deuda con sus lecturas, y con sus autores favoritos, en definitiva sus maestros; entre ellos se encuentran Cervantes, Tolstoi, Chéjov, Borges, William Faulkner, Dickens, Galdós... Con frecuencia se manifiesta también en su obra la admiración y comunidad de planteamientos con autores contemporáneos. Pitol es un autor culto y de culto, un prodigio de conocimientos literarios y al mismo tiempo alguien generoso y deseoso de compartir su experiencia a través de la escritura. Sus privilegiados seguidores lo han considerado un clásico desde hace mucho tiempo; confío en que gracias al reconocimiento que supone recibir el Premio Cervantes de Literatura podrá revalidar este título pasando a ser "un clásico" apreciado y valorado por un muy amplio público.
Al tiempo que nos brinda una receta para sobrevivir, la de "practicar una leve demencia contra la brutalidad del mundo", ha afirmado que si tuviera que refugiarse en un libro, escogería las páginas de Gógol y Chéjov, y si debiera hacerlo en una ciudad, su opción serían los callejones más escondidos de Praga. Sus vicios confesados han sido la amistad y los viajes; viajes tanto por el mundo como por su interior, gracias a la lectura. Y ambos han dejado una huella decisiva en su escritura.
Ahora, este gran viajero está en Xalapa, disfrutando en su patria mexicana de la soledad, "ese regalo de los dioses". Retirado, pero viajando con su mente, trabajando, creando emociones y prosiguiendo con su infatigable labor de estudio y de amor a la literatura, a la palabra y a la vida. Pero sobre todo, como ha afirmado él mismo "apaciguando desasosiegos, cauterizando heridas", y seguro que defendiendo el respeto y la tolerancia desde una serenidad nueva y desconocida, porque según su esperanzadora máxima, "si bien es cierto que vivimos tiempos crueles, también es cierto que estamos en tiempos de prodigios".
Quiero expresar una vez más a Sergio Pitol mi más calurosa felicitación por este Premio Cervantes que, al recaer en su obra y su persona, tanto aporta al entendimiento y a la comunicación entre Europa y la América de habla hispana.
Se cumple en el gran escritor que ha demostrado sobradamente ser Sergio Pitol lo que Cervantes, en el prólogo de El Quijote se exige, y exige a todo buen novelista : "Procurar que a la llana, con palabras significantes, honestas y bien colocadas, salga vuestra oración y período sonoro y festivo, pintando, en todo lo que 'alcanzáredes' y fuere posible, vuestra intención, dando a entender vuestros conceptos sin intrincarlos y escurecerlos. Procurad también que, leyendo vuestra historia, el melancólico se mueva a risa, el risueño la acreciente, el simple no se enfade, el discreto se admire de la invención, el grave no la desprecie, ni el prudente deje de alabarla".
Y éste es el viaje, sostenido pero no detenido en su jardín de Xalapa. El viaje del hombre entendido como "peregrinación". Un viaje necesario para recibir la luz y para recibir la catarsis. Una catarsis que sólo perciben los buenos itinerantes yendo de la Alfa a la Omega, desde el principio al final, como sentencia de vida para quien se estime, como ha sido su caso o fue el del hidalgo manchego, 'homo viator'.
Muchas gracias.