Luca Cordero de Montemezolo se explayaba alborozado, inmenso en el abrazo a los hombres rojos, expansivo en su júbilo. Es, como le gusta decir, el empresario que vende sueños y no coches. «Ferrari es la bandera del saber hacer italiano, el símbolo de nuestro talento. Por eso nos admiran en todo el mundo». La dinastía Ferrari regresó del olvido en su jardín, el autódromo de Imola, un vetusto escenario, estrecho e incómodo, que viste de rojo un domingo al año. Volvió la Scudería desde el fiasco de Indianápolis, aquel simulacro de carrera por el negocio de los neumáticos, última victoria de Michael Schumacher. Ayer cerró el círculo. Ganó de nuevo el alemán, pero esta vez sin trampa ni cartón. Con Fernando Alonso grapado a su espalda.