ESTA modalidad singular de intercambiar experiencias literarias a la que se denomina 'bookcrossing', se traduce literalmente al cristiano como 'cruce de libros'. Y dado que habitualmente las encrucijadas acostumbran a ser de navajas, ya tendríamos un primer motivo para regocijarnos. Por no hablar de las letras de cambio, que en realidad tratan de números.
A lo que parece, en Asturias es la ciudad de Gijón la más aventajada en el juego, muy por delante de las que la secundan, lo que vendría a desmontar el mito de la Vetusta literaria.
Pero no nos pongamos localistas, que los libros son medicinas sin fronteras.
En realidad, lo que hoy toca -que diría Jordi Pujol en el día de su santo- es recordar que en una fecha igual a la de este domingo de incipiente primavera, hace 390 años, murieron Shakespeare y Cervantes, como si el destino de los genios que no llegaron a conocerse estuviera escrito.
Desde entonces, los lectores que en el mundo son no han tenido ningún inconveniente en mezclar las aguas del Támesis con las del Manzanares, despertar con Sancho Panza y acostarse con Julieta. Es el espíritu genuino de la literatura, tender puentes en los desfiladeros del aire. Pero también es cierto que en esos cuatro siglos que hemos dejado atrás se han dinamitado muchos pilares y Pérez de Ayala nos avisó de que no corrían buenos tiempos para la lírica.
De modo que esta resurrección callejera mediante la cual los libros cobran nueva vida, es una bocanada de oxígeno en medio del tráfico de intereses y mercancías.
Por mi parte, les recomiendo la travesía que Péter Nádas ha realizado en 'La propia muerte'. Un viaje más allá de Orión en el que hay billete de ida y vuelta.