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Sábado, 29 de abril de 2006
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CUENCAS
LA LUCIÉRNAGA
Política, ayer y hoy
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EN un programa de la televisión pública, hablaba esta semana Felipe González de la grandeza y las miserias que conlleva el ejercicio político. De los efectos positivos que puede lograr en la sociedad, y de los bajos fondos, vanidades y navajeos que lo subyacen.

Hubo un tiempo en estas cuencas mineras en el que la dedicación política no era una profesión, sino una pasión democrática. También esta misma semana se ha publicado una encuesta patrocinada por el BBVA, en la que se establece la escasa pasión con la que mira la sociedad española actual a sus representantes institucionales.

En el cuadro estadístico de la muestra, los políticos ocupan el último lugar de la tabla en la confianza de los ciudadanos (con una puntuación de 3,4, referida a una valoración que va de cero a 10). Y eso resulta especialmente grave porque sin oficiantes de la misa democrática, es la propia libertad la que corre el riesgo de excomunión.

(Por cierto, los que profesan en el ámbito religioso, dígase sacerdotes o ministerios más elevados, son los penúltimos del cuadro, con 4,4 puntos).

Uno se pregunta si acaso los herederos en los valles mineros de aquellas antiguas voluntades políticas, limpias y gratuitamente entregadas a la causa de las libertades, no se interrogan a su vez por los motivos del descrédito que hoy les acorrala.

Es evidente que la discrepancia partidaria tiene cabida legítima en el sistema. Las turbulencias municipales de la izquierda en Mieres -último episodio: la adhesión al hospital de parapléjicos en Langreo- o los fragores en la constitución del Gobierno de la mancomunidad del Nalón. Pero algo debe ocurrir más allá de estas disensiones para que la opinión del contribuyente sea tan negativa sobre la clase política.

En el ápice, están aquellos que nunca han creído en los valores democráticos, que hoy se disfrazan de liberales críticos, válgame Dios.

La encuesta del BBVA refleja que la confianza social está depositada en científicos, médicos, maestros, comerciantes, policías e incluso periodistas. Y ello lleva a la sencilla conclusión de que los políticos han de salir de su círculo vicioso y endogámico, al encuentro de los sectores civiles. En juego no está sólo su puesto -que es delegado-, sino la tranquilidad general de un pueblo que se siente mal representado.



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