Resulta difícil de creer, pero hubo un tiempo -el correspondiente al primer tercio del sigo XX- en que los grandes maestros de la canción asturiana movían populosas masas de unas ciudades a otras «para ser escuchados en un seguimiento silencioso, casi venerable». Sin radio ni televisión, los cantores eran, por tanto, «grandes venerados y también grandes odiados en una sociedad algo convulsa y tantas veces cainita». La envidia planeaba sobre la personalidad de los mejores, «cuya fama traspasaba enseguida los límites de su comarca».