Carmen Thyssen siempre ha estado dispuesta a todo y no puede parecernos raro que, puesta a defender su museo ganancial, se disponga no sólo a encadenarse a un árbol del paseo del Prado, sino a subirse a él como otro de sus maridos, aquel cachas que hizo de Tarzán. La verdad es que los árboles no impiden ver el bosque artístico que alberga la pinacoteca, que sin duda se verá perjudicada si los talan. Los infinitos coches matritenses pasarán muy cerca de los genios de la pintura y además se estropearán nuestros recuerdos del paseo y de cuando paseábamos.
Es cierto que la esencia de las ciudades consiste en el cambio y a cierta edad hay que guarecerse en la memoria. Todos, no sólo Borges, nacimos en una ciudad que también se llamaba con el mismo nombre que actualmente tiene. Lo que no se entiende es la manía arboricida. Se persigue a nuestros hermanos vegetales. Los ayuntamientos no se andan por las ramas para desamparo no sólo de los pájaros, sino de la brisa. Por si fuera poco, ni Esperanza Aguirre ni mi hereditario amigo Alberto Ruiz-Gallardón se ponen de acuerdo. Uno dice que se van a cargar a 200 árboles y otro que sólo estorban 20. Eso no impide que ambos sigan dándonos un ejemplo de la inestimable virtud política de la hipocresía. Se llevan muy bien en las fotos.
Atarse a un árbol pudo ser el sueño del Lawrence de Arabia, que no veía ninguno en el inacabable desierto de lija, pero no de Carmen Thyssen, que ha hecho por España mucho más que la Carmen de Merimée. Hay que contar con ella, que es la donante, pero siempre hemos sido muy ingratos con las personas que nos han favorecido. Las ciudades cambian con mucha más facilidad que sus habitantes. En ese aspecto no ha habido novedad, señora baronesa.