Aceptemos como punto de partida que la omnisciencia es cosa de los dioses a la que los hombres no alcanzan. La vida es así de pordiosera, sólo nos deja retales de conocimiento.
Para salir del estrecho círculo, está la esfera de los amigos, que a veces te informan y en otras ocasiones te desinforman, según vaya la inspiración de la tarde. Pero que te van dejando prendidas las inquietudes del tendal cotidiano.
Esta semana, por esos parques y laberintos de las cuencas mineras, todavía quedaban ecos del Primero de Mayo, siendo como es nuestra tierra una plaza sindical. El comentario más atinado que escuché al respecto es si el número de manifestantes que acudió el pasado a lunes a Oviedo no se corresponderá con el de aquellos que ocupan cargos en el aparato de los sindicatos. Tres mil personas parecen una cifra un tanto exigua para sentirse representantes de los intereses de los trabajadores. Debe ser que ya sólo creemos en la burocracia.
Claro que, todavía anteayer, hubo otra marcha pública con mil manifestantes menos en la que los abanderados reclamaban la oficialidad de la lengua asturiana con un fervor que pudiera hacer creer que llevaban la delegación de todos los asturianos. El gran teatro del mundo no expiró con Calderón.
En otra esquina, me encuentro con gente esperanzada por la rebaja del paro, que es más interesante que las de primavera en los grandes almacenes. A falta de contrastar de qué modo afecta a nuestras comarcas, lo cierto es que Asturias encabeza, tras Baleares -nunca viene mal una excepción al alza-, el mayor porcentaje de nuevos empleados en abril en España. Y con especial incidencia entre los jóvenes.
También se habla del tiempo, que no acaba de prosperar en soles, el muy maldito. O de Diana Navarro, que en la tarde que escribo llenará de coplas el teatro de La Felguera.
De lo que nunca he tenido ocasión de discutir es acerca del Estatuto de Autonomía de Asturias. Más que por pereza propia -que también-, porque jamás he visto a nadie preocupado por ese intríngulis.
Ya digo, es improbable que uno se entere de todo. Es un asunto demasiado olímpico. Sin embargo, tengo para mí que, como decía el filósofo, «hay otros que ni siquiera saben que no saben nada». Y habrían de ser los mejor informados. Ay.