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Domingo, 7 de mayo de 2006
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OPINIÓN
OPINIÓN EDITORIAL
La llingua, como riqueza
LA celebración de la Selmana de les Lletres Asturianes es un acontecimiento de gran importancia cultural, en el que se destaca la importancia de la llingua a través de las obras de los 'nuesos' escritores. Sólo un pueblo con baja autoestima podría despreciar la riqueza cultural que supone poseer una lengua vernácula. Los asturianos nos expresamos a través del castellano y de la llingua, desde hace siglos, como formas derivadas del latín, introducido en nuestra tierra por los romanos. Esta realidad lingüística no es fruto de voluntades políticas o de cualquier otro ensayo de dirigismo cultural llevado a cabo por una elite dominante, sino que es el precipitado histórico de un proceso de comunicación entre asturianos y con el resto de los españoles. En las dos últimas centurias, al aumentar la interacción social, por la mejora de las comunicaciones y el robustecimiento del comercio, el habla de los valles fue dando paso al castellano que se hizo hegemónico en todo el territorio regional, por su gran fuerza de penetración, como sucede en otras áreas geográficas lejanas a la nuestra. En nuestra región, la llingua asturiana convive y se mezcla con una de las más potentes lenguas de cultura que hay en el mundo.

La fuerza de los medios de comunicación de masas y el despoblamiento del hábitat rural han hecho que la implantación del asturiano llegara a un punto en que corriera el riesgo de convertirse en materia museística, puro vestigio del pasado. Para evitar ese peligro, el Gobierno regional aprobó en el pasado año el Plan para la Normalización Social del Asturiano, que ya ha dado algunos frutos en la recuperación de la toponimia tradicional y en el fomento de la producción editorial en asturiano. Se trata de un plan ambicioso, que se marca objetivos en la implantación del asturiano en la enseñanza reglada así como en actuaciones de las administraciones territoriales, como es la puesta en marcha de servicios de normalización lingüística en los ayuntamientos. No son asuntos baladíes, sobre todo si pensamos que en otros ámbitos, como el universitario, no fuimos capaces en Asturias de implantar todavía una licenciatura en Filología Asturiana.

La aplicación del Plan de Normalización Social del Asturiano, aprobado por todas las fuerzas políticas, no ha relegado la reivindicación de la cooficialidad de la llingua, solicitada por diversos colectivos asturianistas, encabezados por la Academia de la Llingua Asturiana. Desde la esfera política esta demanda la realiza IU. La cooficialidad es un paso cualitativo que comporta tomar muchas medidas por parte de la Administración. Los dos partidos mayoritarios, PSOE y PP, no se han mostrado en ningún momento favorables a la cooficialidad de la llingua. Las tomas de posición de unos y otros deberían propiciar un debate sereno y razonado, para el que se abre una gran oportunidad a través del proceso de reforma del Estatuto de Autonomía de Asturias, que se quiere impulsar en esta legislatura.

La convivencia del castellano y la llingua asturiana no ha originado conflictos y tensiones. Cualquier decisión que se tome en el futuro sobre el estatus legal de la llingua no debería ser a costa de crear división social. Por eso es importante que el día que se someta esta cuestión a consideración de la Junta General del Principado, se alcance el mayor consenso posible, porque el patrimonio cultural y los rasgos de identidad de una comunidad no deben convertirse en bandera de partido ni en germen de división.

La lengua no es una mercancía política y por eso no cabe sacar plusvalías de su tratamiento. Por desgracia, desde el inicio de la transición, el discurso del nacionalismo estuvo asentado en esa visión: la reivindicación de las lenguas vernáculas, como palanca electoral y posterior forma de dominación política, al excluir a los ciudadanos que no comulgaban con su práctica en la vida diaria. Muchas de las concesiones realizadas, en las más diversas materias, a los gobiernos nacionalistas tuvieron como último fundamento la necesidad de contentar a unos territorios que aprovechaban sus diferencias lingüísticas y culturales para marcar diferencias con el resto de la nación. Este proceder ventajista de los nacionalismos puede ser a veces observado con envidia desde otras regiones, que no poseen la misma capacidad de interlocución con el Gobierno central. Pero no nos engañemos, sería un inmenso error seguir por su senda, porque todos los beneficios materiales obtenidos por los gobiernos nacionalistas no compensan el daño causado al escindir sus comunidades en dos bandos, según la lengua que hablan. Otro error sería interpretar cualquier demanda lingüística en clave nacionalista, sin entender la genuina reivindicación cultural que anida en ella; de esa forma sólo se contemplaría la llingua desde el prejuicio.

En toda las encuestas aparecemos los asturianos como un pueblo con una personalidad muy definida, orgullosos de nuestra asturianía, a la vez que nos sentimos profundamente españoles. No ocurre igual en todas las regiones. Hay territorios con una impronta muy acusada y menos implicados en la identidad española; en otras comunidades ocurre todo lo contrario, al quedar diluida la débil cultura regional en el sentimiento español. Esa acertada mezcla de identidades y sentimientos nos sirve de cauce para tener una convivencia lingüística armónica entre el castellano y la llingua asturiana, dos caras irrenunciables del sincretismo de nuestro patrimonio cultural.



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