De rodillas. Ellos y él. Sabina y su público. Ellos encantados de escucharle por fin, y él dispuesto a dejar constancia de su error aquel tristemente célebre día del 'gatillazo'. Pasaban apenas un par de minutos de las diez de la noche cuando se anunció su llegada, cuando la suerte de persiana blanca que adornaba el escenario se llenó con una imagen portuaria, cuando los fans coreaban como una sola voz el 'oe', 'oé', 'oé. Y eran exactamente y cinco cuando el jiennense se plantó en escena con vaqueros, frac y bombín dispuesto a levantar el pabellón que aquella noche se quedó tan bajo. Salió a escena,y sin mediar palabra, pero sí gritos y aplausos, se colocó sobre la pequeña pasarela instalada en el escenario para acercarle a su público, y se puso de rodillas. Con su bastón en mano, desató el entusiamo colectivo y los gritos de «Sabina, Sabina». Los bombines repartidos entre el público se alzaron y él comenzó a cantar. 'Aves de paso' fue el tema coreado por la multitud, 8.500 personas -se quedó a apenas 500 almas de colgar el cartel de 'no hay billetes'-, ansiosa de escuchar su voz rasgada.
Luego sonó 'Ahora qué' en medio del mismo entusiamo y cuando concluyó la canción llegaron las disculpas en verso, precedidas de un escueto buenas noches y de nuevo con la rodilla en el suelo. «Los santos inocentes que no mataron al gilipollas del bombín», así definió a su público en recuerdo de aquel 8 de diciembre aciago en el Teatro Jovellanos entre un griterío total, mientras continuaba su recitado, cargado de guiños a Asturias, donde reconoció haberse quedado sin la voz y donde volvió para iniciar su nueva aventura musical, 'Carretera y top manta'. Recitó con pasión, con ganas, alentado por ellos que no se cansaban de aplaudir a medida que avanzada en su rezo exculpatorio. Incluso, tuvo a bien recordar al Sporting, pese a su confeso «corazón colchonero». Su poesía tuvo hasta hueco para la Santina: «Lacayo de Pelayo, le rezo a la Santina, Virgen de Covadonga, no dejes que Sabina se vaya de Gijón ronco y muerto de sed», dijo.
Acabó, y con los bombines repartidos adornando un Palacio de Deportes entregado donde el sonido fue ganando en volumen y calidad, siguió un concierto que arrancó suave, y fue adquiriendo rumbos más rockeros a medida que avanzaba la noche. Aunque antes tendrían que sonar temas como 'Esta noche contigo', que siguió al verso. Luego llegaría uno de sus clásicos, y más tarde ya un rockero 'Conductores suicidas'. No faltó su mes de abril robado, que sirvió para poner en pie a los que todavía estaban sentados. Y no faltaron tampoco quienes, móvil en mano, compartieron con los suyos las soledades y melancolías del andaluz. «¿Te ha gustado», le dijo un joven a madre después de retransmitirle en directo uno de los temas.
Sucedía mientras continuaban las proyecciones de imágenes sobre lo que era al inicio un inmaculado escenario, y los juegos de iluminación para encandilar a un respetable que ya lo estaba de antemano. Poco hacía falta para triunfar en una noche en la que el público fue tan variopinto como lo son sus fans. Imposible hacer retrato robot de unos seguidores que abarcan edades dispares y que renuncian a tribus. Su gusto es Sabina, el andaluz de Madrid que dejó también que sus músicos se arrodillaban mientras él cantaba. Lo hicieron Pancho Varona y Antonio García de Diego.
Fueron muchos los obsequios en forma de música que hizo ayer Sabina a los suyos. Sonó, sin ir más lejos, su histórica 'Calle Melancolía' (cantada por todo el público como una sola voz y con mecheros encendidos en lugar de móviles) y también 'Pájaros de Portugal', 'El pirata cojo', o 'Pacto entre caballeros'. Huelga dedir que los últimos temas fueron coreados como una sola voz por un pabellón que, entonces, ya estaba por completo arrodillado ante el del 'gatillazo' y que no dejaba ver ni por un segundo que el lleno no había sido total. Las barras repletas y el ambiente de fiesta no dejaban prácticamente hueco libre, ni en la grada ni sobre la pista.
Despedida con calor
Cuando el calor era más fuerte, cuando la noche aún parecía corta, y después de un descanso previo para Sabina llenado por sus inseparables Pancho Varona y Olga Román, llegó la traca final con temas como 'Princesa' (con el público ya completamente feliz), 'Llueve sobre mojado', 'Noche de boda' y 'Nos dieron las diez'. Habían dado entonces las doce y cuarto de la noche y Sabina dijo adiós.
Sobre el escenario, junto a él en los aplausos finales, los imprescindibles del músico amante confeso de Gijón. A las cuerdas, tan pronto de la guitarra portuguesa como de la acústica, Pancho Varona, que incluso salió a escena vestido de cura. También son fieles en su banda Olga Román, su corista de siempre, y Antonio García de Diego, compositor de una gran parte de los temas, la mayoría en compañía de Varona y anoche armónica, teclados y también guitarras del concierto. Jaime Azúa, guitarra eléctrica y, cuando la ocasión lo pedía, acústica (que hizo un solo espectacular) y la batería de Pedro Barceló pusieron el resto a una noche en la no falló la música.