LO que mejor puede describir el concierto del sábado es, paradójicamente, su epílogo. A las doce y cuarto de la noche, con Sabina huido del escenario y sus músicos escenificando la despedida sobre la tarima flotante, los altavoces expulsaron la sintonía de 'Pastillas para no soñar' y el público comenzó a corearla y bailarla como si de un tema más del repertorio se tratase. Se encendieron las luces, hicieron su aparición en escena los operarios, y la gente seguía danzando en un Palacio de los Deportes abarrotado. Nadie quiso emprender la retirada hasta que la música, por enlatada que estuviese, no se hubo extinguido de la atmósfera de La Guía.
Sabina había prometido la víspera un concierto tribal. Y cumplió. Tanto, que incluso sus fieles siguieron pegando brincos en torno al espíritu del Gran Líder cuando éste ya había emprendido junto a su bombín el rumbo al camerino. Le fue fácil conseguirlo. Bastó, por un lado, con enhebrar un repertorio que daba cancha a sus temas más 'movidos' en detrimento de esas canciones más reposadas, más aptas para los mecheros que para las palmas (hubo excepciones: ¿Cómo imaginar un concierto del de Úbeda sin 'Calle Melancolía' o 'Quién me ha robado el mes de abril'?). Por el otro, no tuvo más que salir al escenario y arrodillarse -en un gesto que casi tenía tanto de agradecimiento como de penitencia- para que los 'santos inocentes' (el término sabiniano con el que a partir de ahora se conocerá a quienes aquel fatídico 8 de diciembre escuchamos en las butacas del Jovellanos cómo se apagaba la voz del ex vampiro) le perdonaran sus pecados e incluso le jaleasen cuando, al atacar la segunda estrofa de 'Una canción para la Magdalena' (quizás emocionado tras besar una bandera de la República que le lanzaron desde abajo), perdió el hilo y tuvo que tirar de sus músicos para reubicarse sobre la partitura.
En realidad, ni siquiera hacía falta todo eso. Alguien que ha compuesto algunas de las mejores canciones de la música española durante los últimos veinte años y calentado el alma a varias generaciones merece uno o dos votos de confianza. Sabina, el sábado, tuvo ocho mil quinientos. Y no los defraudó.