Iba escuchando, muy tranquilo, un bellísimo oratorio de Händel. Era hora punta en La Felguera y, claro, la hermosura del arte disputándole la eternidad al tiempo, eso que hemos dado en llamar música, ayudaba a relajarse y a tomar con paciencia no ya los embudos que producen los arbitrarios estrechamientos de calzada que la diligencia municipal ha practicado en algunas zonas, sino también la previsible dislocación del automóvil que, sin duda, mi taller agradecerá en la próxima revisión, pero debido esta vez a la desidia de los munícipes, porque de las angosturas recién asfaltadas se pasa, de repente, a una pista más apta para tráfico de patas que de ruedas.