Es uno de los nuevos caminos por los que circulan las filologías. En un tiempo en que el número de licenciados no hace más que descender, las nuevas tecnologías pueden conducir a la lingüística por un sendero prácticamente virgen, donde no todo está inventando aún. Sin duda, un ejemplo de ello es Joaquim Llisterri , profesor de la Universidad Autónoma de Barcelona, que ayer ofreció una charla en Oviedo, dentro del I Congreso Internacional de Filología Hispánica, sobre las aplicaciones posibles.
Y la cantidad de desarrollos tecnológicos basados en este campo de estudio es innumerable, pero Llisterri se centra en uno, aquel que se refiere al reconocimiento de voz y textos por parte de las máquinas: «Tratamos de que el ordenador pueda recibir órdenes por voz, de que las informaciones que dé al usuario también sean habladas y de que, al final, pueda haber una interacción entre ambos». No es algo nuevo, pero lo cierto es que «cada vez funciona mejor y van surgiendo nuevas aplicaciones». De un tiempo a esta parte, resulta sorprendente ver cómo los teléfonos de atención al cliente de algunas empresas no son contestados por operadores, sino por máquinas que se dedican a ofrecer posibilidades.
Se quiere imitar las conversaciones humanas, pero aún queda muy lejos el día en que eso suceda. De hecho, el filólogo asegura que jamás llegará. «Podemos hacer que los diálogos sean más fluidas, pero las personas tenemos aspectos como la intuición: a una persona no hace falta que se lo digas todo para que te entienda, a un ordenador sí».
A pesar de todo, ahora mismo se están desarrollando programas que puedan reconocer las emociones. Lo hacen a través de la entonación, el tono y la energía de la voz. Eso eliminaría gran parte de los problemas que aquejan a este tipo de servicios. «Sí el programa detecta que el usuario ya sabe usar el sistema, trataría de abreviarlo. Si reconoce que se está poniendo nervioso, le pondría con un operador humano».
Mejor funcionan las aplicaciones destinadas a la escritura de dictados, la lectura de textos en pantalla y las que permiten controlar el ordenador mediante la voz, especialmente interesantes todas para invidentes y discapacitados visuales.
Trabajo de filólogos
Pero, ¿cuál es la aportación de los filólogos? «Sabemos cómo se manifiestan en la voz el cansancio, la tensión o el enfado e indicamos cómo se lee un buen texto, tenemos que decir al ordenador cuánto tiempo se tiene que parar al leer una coma, por ejemplo», dice.
No sólo eso. A su juicio, la mayor dificultad está en que el programa reconozca la voz a pesar del acento. «No puedes hacer un aplicación para Madrid y después venderlo a Cataluña o Andalucía». Lo que se hace en estos casos es entrenarla con muchas voces distintas. En este sentido, debe ser el filólogo quien escoja las más representativas de las distintas regiones. «También se tiene que tener en cuenta que cada habla es distinto. Hay gente que habla muy lenta, otra muy rápida, etc. El reto es que toda esta variabilidad que está en la voz y que los humanos procesamos con facilidad, la puedan tratar estos sistemas».
Relacionado con estas nuevas tecnologías, los lingüístas también trabajan como peritos judiciales. Según Llisterri, se dan, generalmente, dos casos. El primero es tratar de averiguar quién es una persona a través de su forma de hablar, algo que suele suceder en los secuestros. Analizando la voz, se puede saber de dónde y cuál es el estatus socioeconómico.
La otra situación común es averiguar si el habla grabado en una cinta corresponde a un sospechoso o no. En ese caso, se hace un trabajo comparativo de voces y para esa labor los lingüístas utilizan apoyo tecnológico que arroja estadísticas de aproximación. «Sumando nuestro oido y el análisis de las máquinas, ofrecemos un porcentaje de fiabilidad», explica.