Ha vivido y revivido el intento fallido de coronar el Dhaulagiri con una sensación extraña. No se siente un perdedor, pero sí un vencido. Los últimos días de espera en Katmandú, a donde Nacho Orviz y sus compañeros de expedición llegaron el domingo pasado, no han sido capaces de mitigar del todo «esa rabia que te queda dentro», pero sí le han dejado tiempo para reflexionar, para reconstruir en su mente los hechos. Una y otra vez. Y el alpinista gijonés siempre llega a la misma conclusión: «Yo sí podía. No me fallaron las fuerzas, pero la montaña me venció».